La Espada Reforjada
El sonido agudo del entrechocar de aceros resonaba en todo el valle mientras ambos guerreros intentaban bloquear los golpes del contrario. Cada combatiente esgrimía su espada con una precisión absoluta y apartaba las estocadas de su de su oponente para contraatacar un instante después. Los brazos lanzaban tajos que cortaban el aire mientras los guerreros esquivaban los ataques con una velocidad apenas perceptible para el ojo. Los guerreros habían estado trabados en el remolino del combate durante horas y, sin embargo, ninguno había podido aventajar al otro. Tampoco mostraban señales aparentes de llevar luchando más de un minuto: no había rastros de sudor empañando sus frentes y su respiración era controlada y firme. Nadie que hubiese sido testigo del combate podría dudar de la destreza de ambos elfos. Los más impresionante era que uno de los hábiles espadachines llevaba una venda sobre los ojos y, aún así, era capaz de defenderse y dar estocadas difíciles de bloquear incluso para el más hábil espadachín. Cuando este increíble guerrero dio un salto mortal hacia atrás para evitar un golpe feroz de la espada de su adversario, los dos guerreros cesaron el combate durante un breve instante.

- Acércate, Belannaer. ¿Tan débil eres que ni siquiera puedes vencer a un tullido? Prometiste probar mi habilidad- gritó el guerrero de la venda en tono áspero.

- Tu cuerpo se encuentra en plena forma, es la herida de tu corazón la que necesitas curar.

El anciano Maestro del Saber era un guerrero con aptitudes excepcionales. Había pasado muchos años ejercitando su arte y, aunque todo su talento ahora se encaminaba hacia el perfeccionamiento de la magia, aún era considera uno de los mejores espadachines de Ulthuan. Sin embargo, todavía no había logrado imponerse en este combate; sin duda, su estudiante había aprendido bien.

- Estás demasiado ansioso de luchar contra mí, Eltharion. ¿Es la muerte o la gloria lo que buscas?- dijo el maestro con tranquila autoridad.

- La victoria, maestro- contestó Eltharion dejando entrever una extraña sonrisa en su rostro.

- Vamos, casi ha anochecido, la victoria no será hoy para ninguno de nosotros- dijo Belannaer señalando hacia la puesta de sol y, entonces, dejó caer su mano perplejo al recordar que su gesto no podía ser advertido por su compañero.

- Ya no hay sol, solo oscuridad- replicó Eltharion solemnemente.

Tan solo siete meses antes, el cuerpo destrozado de una vez el orgullosos Guardián de Yvresse había sido llevado a la Torre de Hoeth para que fuera atendido por Belannaer. Las heridas físicas se habían curado con increíble rapidez, pero la tortura mental de los meses anteriores y el sufrimiento de Eltharion a manos de Malekith apenas habían empezado a amortiguarse. Su único consuelo había sido sumergirse en el estudio del manejo de la espada u, gracias a ello, Eltharion había encontrado una especie de frágil paz interior. Había leído cuidadosamente tomo tras tomo, una y otra vez, pues el estudio requería, incluso para el espadachín con más talento, décadas de aprendizaje y Eltharion sólo había estudiado durante unos meses. Belannaer se había reído de su insistencia en afirmar que estaba preparado para incorporarse a las filas de guerreros de elite de Hoeth, pero las constantes súplicas apasionadas de Eltharion acabaron por convencer al sabio anciano, que tuvo que acceder a este duelo. Ahora, sin embargo, tenía que reconocer un sabio respeto por su pupilo.

En realidad, Eltharion era un luchador tan avezado como cualquier otro en Ulthuan, pero no era su habilidad para la batalla lo que preocupaba a Belannaer, no; era la oscuridad que anidaba en el alma de Eltharion la causa de su preocupación. Incluso antes de que los torturadores de Malekith desempeñaran su perversa labor, ya era un guerrero agrio consumido por la memoria de la muerte de su familia, que él no había podido evitar. El Guardián de Yvresse de deseaba ardientemente atacar a sus parientes oscuros, los Druchii de Naggaroth, y, a pesar de la advertencias de Tyrion y el Rey Fénix, había surcado el océano con su ejército en busca de venganza por las acciones pasadas de Malekith. La locura del orgullo, pensó Belannaer. La arrogancia de Eltharion casi era equiparable a la del Rey Brujo y había incitado al rey de Naggaroth a salir de la inactividad de las últimas décadas. En su temeridad, Eltharion provocó la ira del Rey Brujo, que se lanzó sobre Ulthuan, e incluso ahora, mientras Eltharion se recuperaba en Hoeth, el valiente Tyrion intentaba rechazar una nueva invasión en las tierras del Norte.

Vencido y exhausto físicamente, Eltharion se había convertido en una sobra del glorioso guerrero que había sido en el pasado. Incluso ahora, una vez recuperado, el Elfo estaba poseído por un sentimiento mezcla de ira y culpabilidad en igual medida y era incapaz de controlar la paz y la serenidad que todos buscaban al llegara a Hoeth. No, la lección de Malekith no había sido asimiladapor el joven Eltharion, que estaba dispuesto a continuar llevando la guerra y la muerte a los reinos de Ulthuan. Una rabia tan febril no podía conducir a nada bueno.

Mientras consideraba los defectos de Eltharion, Belannaer rodeó a su estudiante. Ciertamente, esta no era una forma honorable de vencer a un hombre ciego, pero no todos los enemigos serían honorables y deseaba probar que Eltharion no podría defenderse a sí mismo ni a sus compañeros de forma adecuada sobre un campo de batalla. Eltharion permanecía de pie bajo la sombra de un árbol, con la cabeza atenta para percibir cualquier movimiento. Con tres pasos rápidos y un giro de sus muñecas, Belannaer arqueó su espada y se preparó para descargar todo su peso sobre la espalda desprotegida de Eltharion. Una fracción de segundo antes de que la espada se clavase en su diafragma, Eltharion dio un gran salto y aterrizó en una rama que había sobre su cabeza. Sorprendido por el rápido movimiento, Belannaer permaneció mudo de asombro mientras Eltharion corría de puntillas a lo largo de la rama. Saltó y se dejó caer dando una voltereta sobre sí mismo, antes de incorporarse justo delante de Belannaer con un fluido movimiento.

El Maestro de la Espada cruzó la distancia que lo separaba de su oponente. Gracias a su armadura de ithilmar sus movimientos eran gráciles y casi silenciosos, pero el sensible oído del elfo ciego, el más ligero tintineo de metal sonaba tan claro como el tañido de una campana. Era todo lo que Eltharion necesitaba y, con un gran salto, lanzó su espada hacia donde se localizaba el ruido de su oponente. El arma surcó el aire como una jabalina hacia su objetivo. Belannaer fue cogido por sorpresa por este inesperado movimiento y apenas pudo desviar la hoja de la espada. Su adversario estaba ahora desarmado, pero importaba poco. Mientras Belannaer volvía a bajar su espada tras el ataque, el guerreo golpeó con sus botas la boca del sabio elfo. Los dos contrincantes cayeron al suelo y Belannaer comprendió demasiado tarde su error mientras el filo de una daga le pinchaba la garganta.

- Ya es suficiente, viejo amigo. Creo que ya has demostrado ser merecedor de pertenecer a nuestra orden- dijo Belannaer mientras caía derrumbado sobre la alfombra de hierba.

Por un instante, Eltharion dudó, mostrando una triste expresión en su cara, y el Maestro del Saber temió haber empujado al Guardián demasiado lejos con su vil ataque. Tras varios latidos de corazón, Eltharion ofreció su mano a Belannaer que, agarrándola con firmeza, se levanto del suelo. El Maestro del Saber recogió la espada de su oponente del suelo y se la devolvió al guerrero ciego.

- Regresemos a la Torre Blanca; allí hay muchas más cosas que tengo que aprender- dijo Eltharion con frialdad.

- Estás siguiendo un camino que te llevará a una gran gloria o a una gran tragedia- replicó Belannaer tras pensar un momento.

- No te queda ya nada que aprender sobre el combate. Es tiempo de que empieces a conocer tu propio corazón.





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