La Secesión

Fue una época de guerra, de luchas internas y de sangre; una época de deshonor y de juramentos rotos; una época de acciones malignas y de oscuras traiciones. Fue la época de la Secesión.

La civilización se resquebrajó en mil pedazos y los propios dioses lloraban al contemplar tanta belleza destruida. El hermano luchaba contra el hermano, el padre luchaba contra el hijo y ninguna madre fue absuelta de la tristeza que conllevaba la pérdida de algún pariente.

La maldad, disfrazada tras una máscara de luz, se extendía como una enfermedad que apresaba a los incautos. Allá donde fuese, florecía la traición; allá donde hablase se extendía la corrupción. Una vez más, el Caos salió de sus dominios y extendió su vil mano como una sombra sobre las florecientes tierras de Ulthuan.

Cegados por la luz de nuestra propia creación, forjamos un mundo nuevo, ignorantes de las profecías que acechaban tras cada uno de nuestros pasos. Pues era Malekith el Justo, Malekith el Noble, Malekith el traidor el que se escondía entre nosotros.

El hijo de Aenarion urdía sus viles planes bajo el disfraz del honor. La profecía se había cumplido y un descendiente del linaje de Aenarion rompería el brillante corazón de nuestro pueblo. La guerra intensificó su sed de sangre y su ambición, que no conoció límite alguno, ensombreció su corazón.

El mal golpeó, invisible, nuestras almas. Nuestros líderes fueron traicionados y, uno a uno, fueron sucumbiendo. Aquellos que se dieron cuenta del engaño fueron asesinado antes de que pudieran decir nada. Malekith, el Señor de la Oscuridad, se hizo más poderoso.

El engaño acechaba el alma de cada Elfo; al traición devoraba nuestros corazones. Aquellos que una vez había luchado para defender su tierra ahora se dedicaban a destruir la torres y todo lo que una vez simbolizara la belleza. La destrucción era su meta y el asesinato su grito de guerra, pero jamás nos doblegaríamos a la Oscuridad.

Unidos bajo un mismo estandarte, luchamos para intentar salvar todo aquello que habíamos construido. Aquellos que querían esclavizarnos comprobaron que no íbamos a ceder. Presos de la ira trataron de destruir todo aquello que no podían poseer y así llegó la Secesión. Destrozaron las tierras con terribles conjuros y, durante un tiempo, Uthuna pareció que iba a desaparecer sepultada bajo las aguas.

Sin embargo, tal es nuestra gloria, que incluso en la muerte brillamos. Poderes más antiguos que el propio amanecer de los tiempos lucharon a nuestro lado y nos salvaron. Pero la victoria siempre se cobra un elevado precio y, hasta el día de hoy, lo seguimos pagando con nuestras lágrimas. Lloramos la pérdida de nuestros amigos y siempre nos guardaremos de sus asesinos.

Vivimos eternamente, nuestro espíritu es inmortal y, mucho tiempo después de que el último de los nuestros se convierta en polvo, continuaremos viviendo. Porque somos los Asur y, mientras exista una luz, seguiremos brillando para siempre.



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