El Sacrificio

El borde afilado del arma trazó una delgada línea en la mejilla del prisionero humano. Este se hallaba atado al altar de pies y manos con un cordón de seda negra, y sus intentos de liberarse eran en vano. La Elfa Bruja alzó la daga hasta su boca y deslizó los labios por el borde del cuchillo. Una pequeña gota de sangre resbaló lentamente de los labios de la sacerdotisa hasta alcanzar su pálido pecho. Se inclinó hacia atrás mientras con sus manos mantenía en alto la curvada daga ceremonial sobre su cabeza. Con un violento grito, bajó la daga. La Elfa Bruja volvió a gritar, todavía con más fuerza, y su sofocado grito se mezcló con el cántico ritual:

"¡Khaela Furdiekh Mensha Farmiekh Khaine!"

Los grito de su cautivo se unieron al coro fundiéndose en un perfecto rito de muerte. Respirando profundamente mientras apartaba la daga, dejó que se deslizara de sus dedos empapados de sangre y cayera ruidosamente al suelo del templo. Con una velocidad que ni el más ágil humano hubiese podido igualar, saltó sobre el altar y con sus finas pero musculosas piernas se montó a horcajadas sobre el pecho del humano moribundo. Arqueó su espalda en una curva pronunciada mientras, lentamente, bajó la cabeza hasta poner su rostro frente a los ojos de su víctima. Durante un breve instante, mantuvo su intensa mirada sobre los ojos inmóviles del hombre y luego se inclinó todavía más sobre él acariciando con la mejilla la de su víctima. Deslizó sus profundos labios rojos por la oreja de la víctima mientras su larga melena negra caía cubriéndole el rostro. Le susurró algo al oído. Como habló en la lengua nativa de su víctima, su voz perdió el tono frío de la lengua Druchii: se había transformado en un suave ronroneo de satisfacción.

"Dicen que tu cerebro sigue funcionando durante unos minutos después de que tú corazón deja de latir. Puedo ver cómo el destello de la vida se desvanece a través de tus ojos".

Su sonrisa diabólica se intensificó mientras deslizaba un dedo por la sangre que manaba por el corte de su mejilla.

"Entérate de esto antes de morir. Tu cuerpo servirá para darme placer una vez te haya abandonado el alma. Beberé de tus heridas y, cuando mi sed se haya saciado, me bañaré en tu sangre. Sólo cuando tu cuerpo se enfríe, dejaré lo que quede de tu envoltorio humano a las bestias para que te despedacen".

Se sentó de espaldas a su cara y apretó los muslos contra el cuerpo del soldado muerto. Sus finas y delicadas uñas trazaron suavemente runas arcanas sobre el pecho abierto de la víctima, Khaine la recompensaría por este sacrificio y esta noche obtendría el regalo de la juventud eterna. Su mente estaba inundada por la alegría del momento. No obstante, unos pocos latidos de corazón después, tales pensamientos fueron reemplazados por uno más triste, ya que Khaine era un dios caprichoso y quizás mañana pudiera ser ella la víctima del sacrificio.





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