Vengativos By Coronel Fernando Blanco (Capitulos 1,2,3,4 y 5)
Primera parte: Bienvenidos al 41

El fuselaje del transbordador quedó iluminado en uno de sus costados por el intenso resplandor de los soles gemelos del sistema Degalain cuando abandonó la nave. Habían salido del Inmaterium hacían escasos minutos y ahora se estaban transladando a la imponente hexacatedral en órbita sobre Degalain primaris. Maxam estaba ligeramente nervioso, ya no estaba en casa y ya no volvería, ahora estaba en la Guardia Imperial, incorporándose al orgulloso cuadragésimo primer regimiento de Krieg, su nuevo y muy posiblemente último hogar. Por un momento se preguntó el porqué se había alistado en la guardia, ésa era una buena pregunta. ¿Cómo alguien puede estar tan loco como para dejar su mundo para siempre e internarse en una interminable vida de guerra, muerte y dolor? Poca gente es capaz de responder a eso, algunos van porque no tienen nada que los retenga, otros por la gloria, e incluso los hay que simplemente están huyendo de algo, un miembro de las FDP ( Fuerza de Defensa Planetaria) que mata o viola a alguien justo antes de que se pidan voluntarios para la Guardia. Cuando se descubre el cadáver, el criminal en cuestión ya está a años luz de la escena del crimen, donde tal vez acabe recibiendo su merecido en algún campo de batalla olvidado. El interior de del compartimento de carga estaba iluminado por una mortecina luz roja. Los recicladores de aire estaban trabajando a pleno rendimiento, para mantener con vida al centenar de nuevos reclutas, sangre nueva para el Korps. El soldado Franac Maxam miró a su alrededor, estaban dispuestos en dos hileras, una mirando a la otra, a cada lado de la nave. Al fondo se encontraba el teniente Reno, era uno de los pocos que Maxam conocía en aquel transbordador, ya era su teniente en las FDP allá en Krieg. Reno no era mal tipo, piel pálida, pelo negro , no demasiado alto, pero de constitución fuerte. El transbordador 4132/7 pidió permiso de aproximación , y la inmensa estación de combate bajó sus escudos, y permitió el acceso. La hexacatedral era inmensa. Millones de toneladas, dando forma a lo que literalmente parecía un gigantesco templo de cualquiera de los miles de mundos del Imperio. La hexacatedral era capaz de alojar a varios regimientos de infantería, falanges acorazadas, cruceros pesados y todo el personal de apoyo con facilidad.

El portón trasero del transbordador se abrió con su característico sonido mecánico y la compañía salió en fila de a tres, perfectamente formada. Avanzaron al unísono en completo silencio por el hangar entre servidores monotarea, tecnosacerdotes y guardias de la estación. Maxam avanzaba junto a sus companeros en la séptima fila de la formación. Reno iba a la cabeza de la columna, no era el único oficial presente, junto a él estaban otros dos tenientes que Maxam no conocía. Avanzaron hasta un estrado, flanqueado por dos banderas negras y verdes, cada una tenía un sencillo diseño del Águila Imperial bajo el que se podía leer "Krieg". Encima del mástil de cada bandera había un cráneo humano, con un número grabado en la frente, Maxam no sabía si se trataba del número del planeta en el que se había conseguido el trofeo o simplemente era el número de la compañía del soldado al que pertenecía. La verdad es que a Maxam no le interesaba lo más mínimo que representaban esos números o a quién pertenecían los cráneos, él solo estaba allí para cumplir su deber para con el Emperador, no necesitaba más. Los soldados se dispusieron en filas de diez hombres de cara al estrado. Era una imagen bastante impactante, todos esos uniformes de un verde muy oscuro, el característico casco negro, el blasón con el cráneo distintivo del regimiento en el hombro izquierdo, y esos rostros severos y pálidos contribuían a alimentar la temible reputación de los hijos de Krieg. Todos sabían a lo que venían, todos venían a morir. Dos individuos aparecieron sobre el estrado flanqueados por dos soldados de aspecto amenazador. El primero era fácilmente reconocible. Gabardina negra de cuero. Gorra picuda negra, con un cráneo y dos tibias cruzándolo por detrás, en el frontal de la misma. Rostro alargado y unos ojos azules capaces de perforar la ceramita. Era un oficial político. Un comisario. El segundo hombre llevaba los galones de coronel en el hombro izquierdo. Era ancho de espaldas, de piel pálida y pelo negro y corto, unos cuarenta años. Un ojo biónico ocupaba el lugar de su ojo izquierdo, llevaba una armadura de caparazón que cubría su gabardina verde oscuro a la altura del pecho, en el centro de la coraza se distinguía el relieve de un cráneo. Llevaba una espada enfundada a la altura de la cadera y su mano derecha había sido sustituida por una prótesis mecánica que recordaba ligeramente a los huesos de la mano. Era Víctor Kruger, coronel del Cuadragésimo Primer Regimiento del Korps de la Muerte de Krieg. Durante casi un minuto Kruger permaneció en silencio observando a los soldados con su único ojo. Maxam había oído hablar de él. Víctor Kruger, el coronel más joven de la historia del regimiento, más bajas en combate cuerpo a cuerpo que ningún otro miembro con vida del regimiento, duro y frío como un invierno en Fenris. E igual de despiadado.

"La Muerte, es el objetivo de su servicio". Dijo finalmente, su voz sonaba fría e incluso podría decirse que triste. "Soy el coronel Víctor Kruger, y éste es el comisario Drack". Dijo en referencia al hombre que estaba a su lado. " Como seguramente ya saben este regimiento se distingue por dos factores: Por su tenacidad y por su gran número de bajas en combate. Pueden intentar saltarse el segundo factor, pero si se saltan el primero, pasarán a engrosar el segundo." En este punto la voz de Kruger cambió a un tono casi de odio. " A cada uno de ustedes se les dividirá entre la séptima compañía y mi propia compañía de mando, mañana llegarán trescientos hombres más que pasarán a la segunda, la cuarta y la décimo primera, después, partiremos hacia su primera experiencia real en combate, Zolak IV. Espero un comportamiento impecable tanto en el campo de batalla como en uno de los escasos permisos que puede que tengan. Pero tengan en todo momento presente una cosa: Ustedes han venido aquí para morir." Kruger y Drack en este momento se dieron la vuelta y se dispusieron a abandonar el estrado. Maxam pudo oír decir al coronel antes de empezar a marcharse " Bienvenidos a cuarenta y uno".

Segunda parte: Los Jinetes de la Muerte

Era invierno en la ciudad de Krit, en el continente más septentrional de Zolak IV, la nevadas habían llegado de forma prematura. Pero en Krit la gente tenía otras cosas de las que preocuparse, sus ocho millones de habitantes estaban ahora en pie de guerra, al igual que todo el planeta.

Corin Llanar se encontraba de pie detrás de la barricada que habían levantado en la calle Estigia. Había sido oficinista hasta el día de la Liberación, en el que los Libertadores le habían nombrado sargento mayor. Ahora estaba caminando orgulloso entre sus hombres. Esos Imperiales no podrían pasar, no mientras él comandara el cuarto, quinto y sexto pelotón de Hombres Libres, como lo llamaban sus propios hombres. Eran los mejores, conocían cada calle, cada alcantarilla y cada balcón. Los Imperiales ya habían intentado cruzar esa calle tres veces aquel día, y en todos los intentos habían sido rechazados con un enorme número de bajas, por su parte los Hombres Libres sólo habían tenido siete muertos y cuatro heridos leves. “No pasarán” se dijo Llanar a sí mismo.

Era ya de noche, hacía frío pero los Hombres Libres estaban bien equipados, todos vestían los gruesos abrigos grises militares del uniforme de las FDP locales. Desde el día de la Liberación, en el que Zolak IV se negó a seguir pagando impuestos a ese Emperador al que nadie había visto nunca, todos los hombres y mujeres de Zolak se habían equipado y preparado para la guerra contra el Imperio, ya no serían esclavos de nadie. Al fin y al cabo ¿Cuán poderoso era ese imperio? ¿ Cuanto podía abarcar? ¿Uno? ¿Dos sistemas?. Jugarían con ellos a la guerra de desgaste, y haber quién podía más.

Entre los Hombres Libres que estaban apostados en la barricada de ciento veinte metros de ancho de la calle Estigia se encontrada Jana, Jana era una de las muchas mujeres que servían ahora con los Libertadores. Llanar le había echado el ojo desde hacía tiempo, al fin y al cabo era muy guapa, y era posible que a ella también le gustara Llanar. Ya se conocían de vista antes del día de la Liberación, trabajaban en el mismo bloque de oficinas. Llanar estaba reuniendo valor para pedirle salir en uno de los permisos, y ¿quién sabe? Puede que acabaran formando una familia cuando la guerra acabara.

“Señor, hay movimiento”. Le dijo el soldado Len a Llanar.

El sargento mayor se aproximó a la barricada y escudriñó la oscuridad. Había luna y se podía ver relativamente bien, Llanar pudo distinguir varios cientos de metros por delante de su parapeto. Sus hombres habían pasado dos días despejando trescientos metros de calle para tener una línea de tiro despejada y evitar infiltradores. Por delante de ellos sólo quedaban los restos destruidos de dos tanques y una cañonera imperial que habían derribado esa misma mañana, además de docenas de cadáveres de esos perros imperiales.

Durante un momento Llanar no distinguió nada con sus lentes de visión nocturna. Estaba a punto de aleccionar a Len por haberle alarmado sin motivo cuando lo oyó. Del otro lado, al fondo de la calle, se escuchó un grito. Era un agudo y prolongado lamento que helaba la sangre, sonaba como una mezcla entre el llanto de un niño y el chillido de una rata. La visión verde de las lentes infrarrojas de Llanar le reveló una silueta a trescientos metros, apareciendo por detrás de los escombros que no habían sido despejados. Era muy voluminosa y parecía tener ¡cuatro patas!, pero parecía poseer un torso donde se distinguían dos brazos, uno de ellos sostenía lo que parecía una lanza.

Llanar se quedó mudo ¿Qué era eso? ¿Estaría con los imperiales?. El monstruo hizo una señal con su lanza y detrás suyo aparecieron docenas de siluetas más. “ ¡Atención preparados!” gritó Llanar. Los Hombres Libres se apostaron en la barricada y apuntaron sus rifles láser y armas automáticas contra el cada vez mayor número de formas que se alineaban al fondo de la calle, en el más completo silencio. Llanar miró a sus hombres, sus rostros revelaban la intranquilidad que sentían. Miró a Jana, ésta le devolvió la mirada con una cálida sonrisa. Por un momento Llanar se quedó más tranquilo, si, cuando esto terminara, le pediría salir.

Aquellas bestias estaban perfectamente alineadas, serían un centenar, y permanecieron quietas, en silencio. A los Hombres Libres se les estaban acabando las reservas de valor sólo con ver aquello. Llanar podía oír claramente a sus hombres expresar su intranquilidad y cada vez mayor miedo en forma de apagados lamentos y palabras malsonantes. “¡Pero a qué coño esperan!” gritó uno. “ ¡No disparéis, aún no están a tiro!” ordenó Llanar.

El silencio fue roto cuando la primera figura que había aparecido volvió a emitir aquel horrible grito, y todas las demás criaturas la imitaron y empezaron a gritar. El resultado fue un terrorífico coro que parecía el sonido de mil almas torturadas en el Infierno. En la barricada, el soldado Gapal abandonó su puesto y salió corriendo aterrorizado, Llanar le disparó en la espalda para que nadie más siguiera su ejemplo. Cuando volvió a fijar su atención en la calle Llanar vio como aquel centenar de criaturas se lanzaba a la carga, chillando sin cesar. El sonido de sus pisadas sonaba como dos mil martillos golpeando contra el asfalto.

Se movían increíblemente rápido, los tendrían encima en pocos segundos. Llanar podía distinguirlos mejor ahora. Eran hombres, o al menos eso parecía. Estaban montados en unas criaturas cuadrúpedas que Llanar no había visto nunca. Pronto se encontraron a tiro. “¡¡Fuego!!” gritó Llanar. Toda la barricada se iluminó con los fogonazos de rifles láser, rifles automáticos y unos pocos bólteres pesados que tenían. Muchos jinetes fueron derribados de sus monturas, pero muchos otros ignoraban los disparos como si no sintieran dolor. Llanar apuntó con cuidado e impactó en la base del cuello a una de las monturas. Aquella criatura ignoró la herida y siguió corriendo hacia la barricada. Cuando se encontraban a poco menos de cincuenta metros los jinetes abrieron fuego, estrellando una lluvia de fuego carmesí contra la barricada, al parecer además de esas lazas llevaban encima pistolas láser. Varios de los Hombres Libres fueron alcanzados por los disparos, Len recibió un impacto en el ojo y cayó a los pies de Llanar. Ya casi los tenían encima y algunos hombres empezaron a retroceder de la barricada, Llanar no tenía tiempo para evitar que huyeran, “¡ Mantener la posición, maldita sea!” fue lo único que pudo gritar, antes de que el horrible alarido de los jinetes ocupara los oídos de todos.

Finalmente los terroríficos adversarios bajaron sus lanzas y se estrellaron contra la posición de los Hombres Libres, sus monturas saltaron la barricada como si ésta ni siquiera existiera, mientras que los jinetes atravesaban a los defensores con sus lanzas. La posición de los Hombres Libres se llenó del sonido de pequeñas explosiones, Llanar, que también estaba retrocediendo, vio como las lanzas explotaban al impactar a sus hombres, destrozando cuerpos y arrancando miembros. Cada vez que un jinete impactaba arrojaba los restos de su lanza y desenvainaba una chirriante espada sierra, lanzándose de nuevo al combate.

Hacía tiempo que los Hombres libres habían perdido todo vestigio de disciplina y la mayoría huía en desbandada mientras eran cazados por los jinetes. Llanar retrocedía sin parar de disparar su rifle láser. Derribó a dos adversarios de sus monturas que se aproximaban a él. “Una pequeña victoria” pensó. De pronto, pensó en Jana, no la había visto, mientras retrocedía la buscó con la mirada y la vio. Estaba corriendo aterrorizada entre los demás hombres, había tirado su rifle láser y en su cara podían verse brillar las lágrimas. Llanar la llamó y se dirigió a ella. Mientras se aproximaba vio como uno de los jinetes la perseguía, Llanar pudo ver cómo era, éste parecía diferente a los otros. Iba vestido de negro, con una gorra también negra, su montura también era negra, en su mano derecha llevaba embrazado un escudo con el Águila Imperial, en la otra mano llevaba una brillante espada de energía. Llanar apuntó como pudo mientras corría hacia Jana y disparó, pero no dio en el blanco, el jinete negro alcanzó a Jana y destrozó su torso cuando lo partió por la mitad con su espada, desde la clavícula hasta la cadera. Llanar se volvió loco al ver aquello y descargo su furia contra el primer jinete que vio, le disparó como un poseso alcanzando primero a la cara de la montura y luego al pecho del jinete, mandándolo al suelo. Llanar corrió hacia él y sin dejar de gritar le golpeó sin parar la cabeza con la culata de su rifle láser, antes de que terminara su sangriento acto un disparo impactó a Llanar en un costado mandándolo al suelo. El dolor era insoportable, pero pudo ponerse en pie, doblado por el dolor estaba a punto de salir corriendo, cuando se percató que uno de los jinetes estaba parado delante de él. Llanar alzó la vista. Ante él se encontraba una enorme bestia de un pelaje corto y marrón ( o eso parecía con la oscuridad de la noche), en la cabeza llevaba una especie de adorno metálico del que surgían unos cuernos como los de un carnero, de su cincha, en la base del cuello, colgaban dos cráneos humanos a modo de macabro adorno. Sobre su lomo se encontraba un jinete, vestido con un uniforme verde oscuro y una coraza negra, debajo de su casco, donde debería haber habido una cara no había mas que la sonriente forma de una calavera, de sus cuencas oculares surgía una mortecina luz roja. “¿Qué... demonios sois?” pudo balbucear Llanar. Sin mediar palabra, el sargento veterano Blanco de los Jinetes de la Muerte de Krieg le destrozó el cráneo de un golpe con su espada sierra acabando para siempre con el recuerdo de Corin Llanar, sargento mayor de los Hombres Libres.

El sargento Blanco recibió un comunicado por su microtransmisor del capitán Piett “ Sargento, modere a sus hombres, esta vez queremos prisioneros”. “ Si señor” respondió Blanco con una tétrica y apagada voz chillona, alterada por el distorsionador de voz de su máscara de calavera. Blanco dio las órdenes pertinentes a sus hombres y avanzó al paso por entre los restos de la posición de los Hombres Libres, quedaban tres horas para el amanecer, había sido un buen combate. “Esos rebeldes cometieron un error al despejar la calle, dejaron una pista perfecta para la caballería” pensó Blanco mientras observaba a la infantería del Korps atravesar la barricada para terminar el trabajo. Blanco se reunió con el comisario Farngorn. Éste se encontraba dando órdenes a un sargento de infantería desde su caballo, señalando con su espada de energía hacia donde tenía que dirigirse con sus hombres. Su escudo de ceramita estaba salpicado de sangre y chamuscado por un par de impactos de láser. “Jamás había visto a unos hombres tenerle tanto miedo a los caballos” le comentó Blanco mientras desconectaba su distorsionador de voz. “ Jamás los habían visto, ¿Qué esperaba sargento?” le respondió Farngorn con un tono casi de reproche, “Supongo que un poco más de resistencia” dijo Blanco con un tono similar. Aunque no lo pareciera, Blanco y Farngorn podían considerarse casi amigos. “Señor” recibió Blanco por su microtranmisor “ Hay una bolsa de resistencia en un almacén al fondo de la calle, al parecer se niegan a rendirse” “Voy para allá” respondió Blanco “Bueno, supongo que tendremos más acción después de todo” dijo Blanco a Farngorn, éste casi sonrió mientras los dos cabalgaron con sus hombres hacia el almacén.

Tercera parte: Conciencia

Maxam tomó aire y asomó ligeramente por el marco de la puerta. Tuvo que volver a esconder la cabeza cuando le dieron la bienvenida desde el fondo del pasillo en forma de una ráfaga de fuego láser. Habían pasado dos días desde que la resistencia de la calle Estigia hubiera sido aplastada por los Jinetes de la Muerte. Todo Krit se encontraba ahora bajo el control del Imperio. Sólo quedaba este último reducto, en un búnker a quinientos metros bajo tierra, donde se suponía que se escondían los últimos Libertadores, no parecían dispuestos a rendirse, sabían lo que les esperaba si lo hacían: Los líderes serían juzgados por traición y ejecutados en menos de treinta y seis horas, los demás (salvo alguna que otra excepción) serían mandados a una colonia penal fuera del sistema, donde pasarían el resto de su vida bajo la atenta mirada de los Arbites.

Maxam y el resto de su pelotón sólo esperaban la señal de su sección de mando para acabar con lo que quedaba de resistencia. Decían que el mismísimo Kruger se encontraba bajando en este momento hasta su posición. Al parecer, el coronel quería supervisar en persona la caída de los Libertadores. Kruger les había dado un ultimátum: Debían rendirse inmediatamente o todos y cada uno de los que encontraran serían abatidos, sin excepción. No había habido respuesta por parte del enemigo así que Maxam y los suyos habían recibido la orden de matarlos a todos.

Los microtransmisores de los miembros del Korps emitieron las instrucciones de teniente: “ Escuadras uno y tres, avancen. Porque nosotros somos la Muerte”. “Porque nosotros somos la Muerte” respondieron todos al unísono. Habían recibido la señal, ahora es cuando los rebeldes sabrían por qué tiene esa fama el Korps. Sin ni siquiera intentar buscar cobertura Maxam y sus compañeros entraron por el ancho pasillo, bayoneta calada y disparando sin cesar. No temían a la muerte, no temían al dolor, eran el Korps de la Muerte de Krieg, posiblemente el regimiento más temerario (algunos dirían suicida) de toda la Guardia Imperial, ninguno de sus miembros teme a la muerte. Al fondo del pasillo los rebeldes habían montado unas improvisadas barricadas y disparaban sin parar, al parecer estaban defendiendo una puerta, posiblemente el camino directo a los últimos líderes. El soldado que estaba al lado de Maxam recibió un impacto en la cabeza y cayó como una piedra, cuatro soldados más recibieron un final parecido en cuanto asomaron por la puerta, los demás siguieron avanzando a paso ligero disparando como locos. Los rebeldes empezaron sufrir un cada vez mayor número de bajas, no esperaban una carga tan suicida como ésa. Los rebeldes fueron rápidamente desbordados por los soldados imperiales que fueron atravesando cuerpos con sus bayonetas y disparando a quemarropa. Maxam atravesó con su bayoneta a uno de los rebeldes y disparó a dos más que estaban intentando abrir la puerta blindada que defendían, uno de ellos fue alcanzado en el centro de la espalda y murió en el acto. El que quedaba vivo arrojó su arma al suelo y se puso de rodillas, mientras pedía clemencia. Maxam le voló la cabeza. Cuando el coronel emite una orden, esta se acata como si viniera del mismísimo Emperador.

Tres minutos después, la puerta blindada era arrancada de sus goznes por la acción de una carga de fusión. El korps entró como un torrente. La estancia estaba vacía, o eso parecía. Ante ellos había una sala rectangular bien iluminada, de unos veinte metros de ancho por treinta de largo, parecía la sala de control, habían unas cuantas consolas, vacías donde debería estar el operador, la mayoría habían sido destruidas. Los soldados se desplegaron en silencio por toda la estancia. No había nadie, ni siquiera trampas explosivas. Al fondo de la sala había una puerta, y dos más a los lados. “Tolan, Kaase y Ritna conmigo” ordenó el sargento Fenton, de la escuadra de Maxam “ Escuadra tres, divídanse entre la puerta de la derecha y la izquierda, Maxam y Zena, vayan con ellos” prosiguió.

Los miembros del Korps se dividieron por las tres puertas y entraron, esta vez si que hubo resistencia, un guardia imperial fue abatido por el pasillo por el que entraron Maxam y los demás, Zena fue alcanzado en el muslo y cayó de bruces. Maxam apuntó y abatió al rebelde que estaba disparándoles. Siguieron avanzando por el búnker encontrando escasa resistencia en algunas zonas y mayor en otras, el grupo de Maxam tuvo que volver a dividirse para cubrir todas las puertas de que iban encontrando. Finalmente avanzaron por parejas ,Maxam iba con el soldado Lazar por la zona de los habitáculos, dejaron atrás literas, escritorios y zonas de aseo, por todo el búnker resonaba el ruido de los combates. Por el momento no encontraron resistencia, la zona parecía desierta. “Por ahí” susurró Lazar, señalando a una puerta que tenían a su derecha. “He oído algo”. Los dos soldados se apostaron cada uno a un lado de la puerta lentamente, Lazar hizo una inclinación de cabeza a Maxam, la señal de que iba a abrir. De una patada, Lazar abrió la puerta y disparó, Maxam también asomó y abrió fuego. Por un momento pudo distinguir la figura de alguien disparándoles. Lazar fue impactado en el pecho y en un hombro y fue lanzado hacia atrás, quedando inconsciente... o muerto. Maxam volvió a cubrirse, esperó dos segundos y volvió a asomar, había un hombre en el suelo, con tres disparos en el pecho, aún sostenía un rifle automático. Al parecer los disparos de los dos guardias imperiales habían dado en el blanco también.

Maxam entró en la habitación despacio, encañonando cada zona a la que miraba. Se encontraba en un dormitorio privado, había una gran cama al fondo de la estancia, con una mesilla a cada lado, había un escritorio en un lado y una puerta, posiblemente la entrada a un baño, observó el cadáver. Reconoció su cara, era uno de los Libertadores, habían distribuido imágenes suyas por todos los barracones antes del desembarco planetario. Éste era uno de los gordos. Se escuchó un ruido desde la puerta del baño. Maxam la abrió de una patada sin pensárselo dos veces y entró, era un baño bastante amplio pero lo que llamó la atención de Maxam fue que al fondo, al lado del lavabo, había un chico, no debía de tener más de trece años y le apuntaba con un rifle láser su cara estaba enrojecida se notaba que había estado llorando, Maxam apuntó pero no abrió fuego. Dudó. En su cabeza resonaba la orden del coronel, pero por el amor de Dios Emperador, solo era un crío, quizás se pudiera hacer una excepción, él no tenía culpa de nada. Antes de que ninguno de los dos se decidiera a disparar una bola de plasma incandescente pasó al lado de Maxam impactando al niño y calcinándolo en el acto. Maxam se volvió rápidamente, el coronel Kruger bajó su pistola de plasma “ Salga de aquí” fue lo único que le dijo al perplejo soldado.

El búnker pronto se llenó de miembros del Korps y todos los núcleos de resistencia fueron eliminados. Maxam se encontraba en la superficie con sus compañeros mientras los heridos eran evacuados. También estaba Kruger. Maxam y los restos de su pelotón se estaban retirando de la zona, Maxam no podía parar de pensar en aquel crío, su cara se le había quedado grabada. “¡Maxam, venga aquí!” era la voz de kruger, Maxam se aproximó a él, se preguntó como podía saber su nombre, seguramente se lo acabaran de decir. “¿Señor?”, dijo Maxam con tono sombrío. “¿Cree que he sido cruel soldado?”, esa pregunta sorprendió a Maxam, pero procuró no dejar que se notara. “Lo que yo crea no es importante, señor” respondió. “Maxam, ahora está usted en la Guardia Imperial, las órdenes que reciba deben cumplirse al pie de la letra, sin excepciones. La próxima vez que le vea incumpliendo una, yo mismo le ejecutaré por desobediencia, ¿Queda claro?, ahora vuelva con sus compañeros”. “Si señor”, dijo Maxam. “Maxam” dijo Kruger, “¿Señor?” respondió Maxam mientras se volvía. “Yo también lamento la muerte de ese niño. Ahora retírese”.

Cuarta parte: Curiosas Amistades

La taberna estaba hasta los topes de soldados. Era un sórdido y amplio local parcialmente iluminado por unas dispersas lámparas de luz ambarina, de alguna parte venía el sonido de música, algo parecido a flautas y tambores pero de origen electrónico, por todas partes se veían cuadrillas de soldados atascando la barra o sentados en las mesas con mujeres de “vida alegre” sentadas en sus rodillas. Finalmente, Zolak IV volvía a estar bajo el férreo control del Imperio. Maxam estaba sentado en una de las mesas con ocho compañeros de su pelotón festejando la victoria. Después de la caída de Krit, el resto del planeta cayó rápidamente, casi todos los Libertadores estaban muertos o a la espera de la ejecución, aunque todavía quedaban algunos, escondidos en alguna parte del planeta. Pero Maxam procuraba no pensar en eso. Ahora estaban en la ciudad de Nibbel una de las ciudades que se mantuvo leal al Imperio, la capital planetaria, a unos mil kilómetros al sureste de Krit. El coronel Kruger les había dado a casi todos dos días de permiso, antes de que partieran hacia como el decía “un combate de verdad”, al parecer éste destino no era del agrado de coronel del Korps, pero lo había aceptado porque tenía nuevos reclutas y quería probarlos primero antes de lanzarlos al infierno al que realmente quería ir.

No es muy habitual ver a un miembro del Korps de la Muerte de buen humor, sus toscos hábitos son legendarios. Pero en esa ocasión todos estaban bebiendo y charlando como si nunca hubieran estado en guerra. En la taberna habrían unos treinta miembros del Korps (a los que las demás tropas llamaban Vengativos, por una vieja historia) , pero también había miembros de otros regimientos de distintos mundos, unos veinte hombres de los Comandos Marciales de Slotan, cuarenta de los Dragones Verdes de Dómino, y unos treinta Acorazados de Nokad VIII, además de la clientela habitual. “¿Has visto que pinta llevan esos?” le dijo el soldado Danesh a Maxam en referencia a los Acorazados, “ Seguro que con esas caras atraen a todas las putas del local”. Danesh era un tipo relativamente gracioso que Maxam conoció en la nave de transporte de camino a Zolak, aunque su humor se basaba casi exclusivamente en realizar comentarios sarcásticos de todo ser que lo rodeara. Lo cierto es que la piel negra y los ojos de azul intenso de los Acorazados eran bastante llamativos. “Supongo que si” respondió Maxam.

La puerta de la taberna se abrió y por un momento el frío nocturno del exterior tuvo presencia en el local. Maxam se giró para ver quien había entrado, era Blanco. Maxam le reconoció por el brazalete negro que siempre llevaba en el brazo izquierdo, no tenía puesta su máscara de calavera y llevaba la guerrera verde oscuro del uniforme, sin su coraza de ceramita, “Al fin y al cabo, también estará de permiso” pensó Maxam, la verdad es que era la primera vez que le veía el rostro a Blanco. No tenía nada de particular en un principio: El pelo negro y la piel pálida habitual de los hijos de Krieg, lo único que podía llamar la atención eran las dispersas cicatrices de su cara y su continua mirada de odio, o de tristeza, Maxam no estaba seguro. Blanco se dirigió a la atestada barra y después de abrirse camino hasta ella salió con dos enormes jarras de cerveza, al parecer había venido con alguien, Maxam se estaba preguntando con quién habría venido cuando la respuesta entró en el local por si sola. Un comisario entró en el local, era Farngorn. Las risas de los soldados cesaron inmediatamente y se le quedaron mirando, en sus rostros había una mezcla de sorpresa y miedo. “¿Qué mierdas hace ése aquí?” susurró uno de los soldados de la mesa de Maxam. “ ¡Comisario, sargento, por aquí!”, Maxam y los suyos dirigieron su atención a la mesa de la que provenía la voz, una docena de miembros del Korps, de los Jinetes de la Muerte, estaba esperando a los dos recién llegados sentados alrededor de dos mesas que habían juntado, les habían guardado dos sillas. Blanco entregó una de las cervezas a Farngorn y los dos se sentaron con sus hombres. Poco a poco el local fue recuperando la normalidad, viendo que el oficial político solo había venido a echar un trago el resto de los soldados siguió con lo suyo, sin importarles nada más, por muy raro que fuera ver a un comisario bebiendo entre la soldadesca.

“ Sargento, es la última vez que me dejo convencer para venir a un sitio como éste” le comentó Farngorn a Blanco, siempre decía lo mismo y siempre acababa en los peores sitios que se pudiera imaginar. Se podría decir que es hasta antinatural el hecho de que un comisario se haga amigo de un simple sargento veterano pero Blanco y Farngorn habían pasado, junto con el resto de sus Jinetes de la Muerte, de todo. En el cuarenta y uno de Krieg habían muchos comisarios, más de lo normal, todos tan duros como el que más, pero Farngorn era el único que caía realmente bien a las tropas, sobre todo a los Jinetes de la Muerte y no era demasiado extraño que de vez en cuando se fuera de juerga con los soldados. La razón por la que Maxam y los suyos se habían extrañado es porque eran nuevos, y no estaban preparados para ver a un comisario simpático.

“Uuuuh, miradle, seguro que se cree el tío más enrollado de todos los jodidos oficiales” exclamó teatralmente Danesh y todos en la mesa se echaron a reír. Un Jinete de la muerte que volvía a su mesa con más bebida escuchó el comentario y se acercó a la mesa, le dijo algo al oído a Danesh y se marchó con los suyos. Danesh dejó de reír en el acto, y se puso más pálido de lo habitual. “¿Qué te ha dicho?” preguntó Maxam. “Nada tío” respondió Danesh mientras apuraba su cerveza con un aire bastante intranquilo.

“Señores” dijo Farngorn a sus jinetes después de terminar su cerveza, “Aunque ya serán informados oficialmente mañana, les adelanto que no partiremos del planeta hasta dentro de un mes por lo menos” la mesa de Farngorn se llenó de sonidos de desaprobación “¿Y cómo es eso comisario?” preguntó uno. “Como ya se habrán imaginado” respondió Farngorn “Este destino es no ha sido muy apropiado para la política del Korps. Ya saben que el deber de un alto oficial del Korps es buscar las zonas de guerra más letales, y como se habrán imaginado, esta no ha sido una de ellas. El coronel tenía pensado partir para el sistema Nébulis Prima pero el almirantazgo quiere permanecer estacionado en Akari un mes para realizar reparaciones en el buque insignia. El coronel presentó ayer una protesta por mantenerle apartado de su deber, la respuesta llegó esta mañana. Nos han dado la opción de permanecer aquí como fuerza de ocupación, para mantener el orden y ser transportados junto a nuestros hermanos del 88, 162 y 73 de Krieg, cuando lleguen aquí de camino a Nébulis Prima, en aproximadamente un mes. El coronel ha aceptado.” Los jinetes permanecieron callados un momento. “¡Bueno y qué!” exclamó Blanco “Seguro que todavía quedan insurrectos que ajusticiar en este jodido planeta, sin contar con que aún quedan al menos dos Libertadores sueltos!”

“¡Diga que si sargento!” dijo toda la mesa, Farngorn permaneció callado con una leve sonrisa. Al poco los jinetes empezaron a cantar “El violinista en el prado”, una vieja canción del regimiento muy popular entre las tropas, la favorita de Blanco, hasta Farngorn se la sabía. Trataba sobre la muerte de una niña y de su paso al Otro Lado. La verdad es que casi todas las canciones del cuarenta y uno de Krieg trataban sobre la muerte. Los soldados de los otros regimientos les miraron por un momento extrañados, a ellos no les parecía una canción muy apropiada para irse de juerga, pero a los pocos segundos todos los miembros del Korps del local la estaban cantando a pleno pulmón, incluso el ya un poco más tranquilo Danesh.

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Dos días después, la flota entró en el Immaterium y salió del sistema dejando atrás una fragata clase Cobra en órbita sobre Zolak. En tierra habían quedado como fuerza de ocupación varios regimientos de la Guardia Imperial, entre ellos la 73 legión de Acorazados de Nokad VIII, el 141 de los Dragones Verdes de Dómino y el 41 de Krieg, mas el apoyo de las FDP locales (bajo la estrecha vigilancia de los regimientos de la Guardia Imperial), el mando operativo lo tenía, al menos en teoría, Nablus Soica, gobernador imperial del planeta .

El capitán Grotmman de la Fragata clase Cobra Inmolación estaba sentado en el escritorio de su camarote repasando los informes del día impresos en una tablilla de datos, mientras bebía de una copa de vino sintético de fuerte olor. Era el ciclo nocturno de la nave y los pasillos estaban iluminados por una tenue luz de un tono tostado. Por el momento no había ocurrido nada de importancia: Los tecnosacerdotes no encontraron nada interesante en su revisión diaria de los espíritus-máquina de la nave, el astrópata no había recibido señal alguna de actividad disforme. A si, el astrópata, “Tuvo suerte”, pensó Grottmman, lo cierto es que el astrópata había estado los dos últimos días bastante grave, una intoxicación según dijeron, pero había insistido en volver a su puesto, aunque Grottmman no estaba seguro de que ya estuviera capacitado. Había sido arriesgado no tener astrópata durante dos días, precisamente el tiempo que hacía que la flota se había ido, habían estado ciegos ese tiempo. Éste era el de reserva ya que los dos principales habían muerto al llegar al sistema, otra intoxicación según dijeron, Grottmman había tomado nota mental de hacer vigilar al médico de a bordo. El comunicador del camarote interrumpió los pensamientos de Grotmman con la voz del primer oficial Donat “ Señor tiene que venir al puente inmediatamente, es urgente”. Grotmman salió de su aposento y se adentró por el pasillo en dirección al puente mientras se abrochaba la guerrera. En él se encontraba su joven primer oficial, la situación no parecía muy halagüeña. “Informe” se limitó a decir Grotmman. “Capitán, el astrópata ha detectado una onda proveniente del Inmaterium, al parecer algo se dirige hacia aquí, presumiblemente una o varias naves”. Grotmman no sabía que estuvieran esperando a alguien, cualquier cosa que entrara en el sistema debía tratarse como potencialmente hostil. “¡Ponga a toda la nave en máxima alerta!” gritó Grottmman. Las alarmas empezaron a resonar por toda la nave, todo el personal estuvo en sus puestos de combate en menos de dos minutos. “¡Informe a las tropas de tierra de la posible llegada de una fuerza hostil!” dijo Grotmman dirigiéndose a su primero, “¡Activen escudos!” prosiguió, “¡¿Cómo no has detectado esto antes?!” dijo dirigiéndose al astrópata que estaba encogido en su puesto. “Lo...siento capitán” pudo articular éste con la cara casi amarilla. Cuando Grotmman estaba pensando muy seriamente en sacar su arma y volarle la cabeza a ese psíquico inútil su primer oficial le gritó con una expresión de puro miedo “¡Señor, hay contacto! ¡Orkos! ¡Son Orkos!”

“¿¿Qué?? ¿¿Aquí??” gritó Grotmman mientras se dirigía al visor principal. Ante ellos apareció la descomunal y deforme masa de un pecio espacial varias veces mayor que la Inmolación, a su alrededor habían varias naves de aspecto destartalado, más pequeñas pero aun así eran mayores que la solitaria fragata, todas de diseño evidentemente orkoide. “¡Dios Emperador!,¡Avisa a la flota!” gritó Grotmman al astrópata, “¡Señor!” dijo Donat “ ¡Nos están apuntando!”. “¡Acción evasiva!” ordenó el capitán “¡Fuego a discreción! ¡Maldita sea, he dicho que pidas ayuda!” siguió increpando al enfermizo psíquico, éste tuvo un espasmo y escupió un buche de sangre, Grotmman tenía razón, aun no estaba en condiciones de operar y eso les iba a costar la vida a todos. El capitán se abalanzó sobre el astrópata, que estaba teniendo convulsiones “¡Mírame!” le gritó mientras le cogía por la mandíbula manchándose de sangre la manga, éste pareció tranquilizarse y dirigió sus enrojecidos ojos a la cara de Grotmman “Transmite una petición de ayuda a la flota” le dijo con voz suave, el psíquico asintió y concentró sus mermadas fuerzas en transmitir una petición de ayuda a la flota de Akari. “¡Señor nos disparan!” gritó Donat con precipitación “¡Contramedidas! hay que aguantarles hasta que transmitamos el mensaje” Grotmman no estaba seguro de si eso era posible.

Del pecio y las demás naves partieron una infinidad de torpedos y rayos de energía con la Inmolación como objetivo, frente a esa potencia de fuego ni las contramedidas ni todos los escudos podían proteger a una nave como esa fragata.

“¡Impacto en treinta segundos!” dijo Donat, “¡Preparados para el impacto!” gritó Grotmman que cerró los ojos y comenzó a murmurar una oración “ Encomendamos nuestra alma...”

“¡Quince segundos!”

“ ...Al benévolo Dios Emperador...”

“¡Cinco segundos!”

“...Pues ya ha llegado nuestra hora.”

La fragata clase Cobra Inmolación desapareció de la órbita de Zolak IV en medio de una enorme explosión que pudo verse desde gran parte del hemisferio norte, dejando el planeta a merced de la invasión alienígena.

Quinta parte: Decisiones :

Víctor volvía casa tras una breve ausencia, había dicho a sus padres que iba a casa de su amigo Neibo, lo cierto es que había ido a comprar cigarrillos, si su padre se enteraba de que fumaba le iba a dar una buena paliza. “La vida ya es bastante dura de por si, no la estropees más cogiendo un cáncer” solía decirle. Teóricamente Víctor Kruger tenía dieciséis años y estaba en Krieg, a una manzana de su casa, en una de las muchas ciudades subterráneas del planeta, pero en ese momento aparentaba los cuarenta y llevaba el uniforme de su regimiento, también llevaba los implantes del ojo y la mano. Un ruido ensordecedor le hizo apretar el paso hacia su casa, la gente salía a la calle y se asomaba por las ventanas de los habitáculos preguntándose qué había pasado. Kruger corrió, el estruendo venía de su calle, aunque en el fondo ya sabía lo que iba a encontrar. Al doblar la esquina vio lo que antes había sido su bloque, ahora convertido en una masa de escombros, la gente se afanaba en sacar a los supervivientes de las ruinas, otros sólo se limitaban a correr llamando a gritos a algún ser querido. Kruger corría entre la multitud buscando a su familia, a su alrededor la gente parecía no percatarse de su presencia. Al poco aparecieron los servicios médicos y se organizaron pelotones de búsqueda de supervivientes... y de cuerpos. Habían docenas de muertos y muchos más desaparecidos. Kruger buscó entre los cuerpos recuperados que estaban en el suelo, alineados sobre una acera. No vio a su familia, los sanitarios, soldados y civiles que estaban trabajando en las labores de búsqueda seguían sin percatarse de su presencia como si el hecho de que un endurecido coronel del Korps estuviera rebuscando entre los cuerpos fuera lo más normal del mundo. De pronto, Kruger se percató de que entre las ruinas había una persona, el resto parecía ignorarle también, estaba de rodillas, encogido y de espaldas al coronel. Kruger le reconoció como su hermano pequeño, camino hacia él y lo llamó, éste no parecía oírle. Se acercó más y le puso la mano en el hombro y volvió a llamarle. Rápidamente el niño se dio la vuelta. No era su hermano. Era el niño que mató en el búnker en la ciudad de Krit. Su cara estaba cubierta de sangre y tenía una expresión de puro odio. Kruger retrocedió. La horrible aparición sólo se limitó a decir con una voz chillona: “¿TE GUSTA MATAR NIÑOS?”

El coronel Kruger se levantó de un salto de su cama, estaba empapado de sudor. Ya había tenido antes pesadillas similares relacionadas con la muerte de su familia, pero era la primera vez que aparecía alguien que hubiera matado. Quedaban unas tres horas para el amanecer, se levantó, fue al baño anexo a su dormitorio y se lavó la cara con su mano izquierda (la prótesis biónica de su mano derecha estaba en sobre su escritorio) “No podías hacer otra cosa, Víctor” se dijo mientras se miraba en el espejo del lavabo.

Alguien llamó a la puerta y entró sin esperar el consentimiento del coronel, era el teniente Reno. Había llegado con el relevo de reclutas en Degalain Primaris, no tenía mucha experiencia en combate pero sus excelentes referencias llevaron a Kruger a incluirlo en su compañía. “ Y si no da la talla no durará mucho” pensaba el coronel. “¿Coronel?” dijo el teniente. “Aquí estoy, ¿Qué ocurre teniente?” dijo Kruger mientras salía del baño con una toalla en las manos.

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Kruger y dos de los comisarios de su regimiento(Farngorn y Drack) entraron con decisión en la sala de reuniones del palacio del gobernador planetario Soica, en la ciudad de Nibbel, allí estaban reunidos sus oficiales de las FDP, también estaban los coroneles de algunos regimientos de la Guardia Imperial pertenecientes a la fuerza de ocupación, junto con los respectivos comisarios regimentales. La sala de reuniones era enorme, bien iluminada y las paredes estaban tapizadas por multitud de retratos de personas que Kruger no conocía, encima de la mesa habían multitud de informes y un holomapa. “Llega tarde coronel, le esperábamos” Soica era un hombre de unos sesenta años, con una floreciente barriga y una calvicie más que evidente. Había llegado a gobernador planetario sólo porque heredó el cargo de su padre, no era demasiado brillante y había sido investigado por su posible relación con el levantamiento de los Libertadores. “¿Cuántos?” se limitó a decir Kruger, ignorando el comentario del gobernador, su regimiento era el que estaba acantonado más lejos del palacio, era normal que llegara el último, Soica ya lo sabía pero ese comentario inoportuno era una forma de demostrar su autoridad (o eso pensaba). “Hace una hora” dijo el gobernador “Recibimos un comunicado de la Inmolación en el que nos advertía de la entrada en el sistema de una fuerza posiblemente hostil. Cinco minutos después, la Inmolación era destruida. Los satélites avistaron una flota dirigiéndose directamente a este planeta. Orkos.”. La sala se llenó de un murmullo general, gran parte de él provenía de los miembros de las FDP, Kruger y la mayoría de los coroneles y comisarios de la Guardia Imperial presentes permanecieron impasibles. “¿Cuántos son?” volvió a insistir Kruger. Soica miró por un momento al coronel del Korps podría haber intentado aleccionarle sobre el protocolo a la hora de dirigirse a un gobernador planetario, pero no lo hizo. La fama de los oficiales del Korps de la Muerte de Krieg le precedía y lo último que Soica quería era encararse con uno. Un servidor fue repartiendo tablillas de datos entre los presentes mientras uno de los oficiales de las FDP un coronel llamado Perthal, explicaba la situación. “Nuestras estimaciones hablan de un pecio espacial de varios kilómetros de longitud, cinco cruceros pesados y varias naves de apoyo. Su hora estimada de llegada a órbita es dentro de unas dieciocho horas. Actualmente disponemos de ochocientos regimientos dispersos por la mayoría del hemisferio, más la ayuda de los regimientos de la Guardia Imperial podríamos establecer una defensa en los centros de población principales hasta que lleguen los refuerzos de Akari”. El coronel Perthal parecía orgulloso del sencillo plan que había ideado, era bastante obvio que nunca se había enfrentado a una situación semejante en el pasado.

“¿Cómo espera aguantar el más que probable bombardeo orbital?” interrumpió el coronel de los Acorazados de Nokad, un gigante de piel negra llamado Sullust. “Si concentra las tropas en los centros de población lo único que conseguirá es un montón de civiles muertos, y millones demandando cobijo y atención médica”. Perthal le miró con expresión seria “¿Qué sugiere entonces coronel?”. “Por lo que usted ha dicho, disponemos de poco más de un millón de hombres para defender todo un planeta” dijo Sullust “Sencillamente no somos suficientes para defender un territorio como este. Opino que deberíamos defender la capital y poco más.” La sala estalló con las protestas de los miembros de las FDP. “¡Usted no es de aquí!” le increpó uno de los oficiales locales “¡Está bastante claro que a usted no le importa sacrificar un planeta en el que sólo está de paso!”.En reacción a estos comentarios los miembros de la Guardia Imperial presentes se levantaron de sus sillas y empezaron una discusión que subía de tono por momentos, mientras Soica intentaba poner orden sin demasiado éxito, Kruger y sus comisarios permanecieron callados. Finalmente, Kruger se puso en pie y asestó un tremendo golpe la mesa con su mano mecánica mientras gritaba “¡Silencio!” .Todos los presentes cerraron la boca y dirigieron sus miradas al coronel de los Vengativos. Ninguno se atrevió a seguir la discusión. “El coronel Sullust tiene parte de razón” dijo “Somos demasiado pocos para defender todo el planeta, esto es una guerra señores, y en una guerra a veces se ha de sacrificar vidas en favor de un bien mayor”. La audiencia se quedó mirando al coronel del Korps, sin atreverse a hacer ningún comentario. “Aún así” prosiguió “Todavía está en el aire el cómo afrontar el bombardeo orbital al que seremos sometidos. Si como dice usted coronel Perthal distribuimos las tropas entre los principales centros de población, los Orkos dirigirán sus baterías contra las ciudades, con la consiguiente muerte de cientos de miles de civiles, no podemos permitirnos malgastar hombres y material en atender a los heridos ni en levantar campamentos de refugiados. El hecho es que los Orkos dirigirán su bombardeo contra las tropas que encuentren antes de bajar para aplastarnos. Mi consejo es guarecer a todas las tropas posibles en los sistemas de búnkeres que tan útiles resultaron a los rebeldes en el reciente conflicto, esperar a que bombardeen y desembarquen en la superficie para entonces salir de los escondites y aguantarles alrededor de las ciudades más importantes como Krit y Nibbel hasta que llegue la flota de Akari. Por su puesto tendremos que dejar a algunas tropas en la superficie para que los pieles verdes no sospechen.” “¿Y a quién sugiere usted para quedarse arriba y sufrir el bombardeo coronel?” dijo uno de los oficiales de las FDP “Mi regimiento lo hará” fue la respuesta de Kruger.





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