Vengativos By Coronel Fernando Blanco (Capitulos 6,7,8,9,10 y 11)

Sexta parte: Primera Sangre :

Los Orkos pronto llegaron a la órbita de Zolak y el temido bombardeo no se hizo esperar. Kruger se había situado junto con el resto de sus hombres en una vieja base Imperial a unos doscientos Kilómetros al oeste de Nibbel. Atrincheró y dispersó a sus tropas todo lo que pudo y esperó. No estaban solos, tres mil hombres de los Acorazados del coronel Sullust hicieron algo similar y se atrincheraron cerca de Krit.

Lo cierto es que el bombardeo fue bastante más ligero de lo que se esperaba, las fuerzas imperiales de señuelo tuvieron pocas bajas.

Tal y como dijo Kruger, al cesar el bombardeo, los Orkos enviaron cientos de naves de desembarco concentradas en un punto del oeste del continente. Desgraciadamente también mandaron tropas a Krit y a Nibbel.

“El informe de bajas señor” dijo el teniente Reno mientras entregaba a Kruger una tablilla de datos en la puerta de uno de los refugios de la base. El coronel lo ojeó rápidamente: cincuenta y tres muertos y treinta heridos, siete de ellos graves. “Podría haber sido peor” pensó en voz alta. “Reno” “¿Señor?” “Que se preparen los hombres, nos vamos a Nibbel en media hora”.

Kruger se quedó mirando un rato desde la puerta del refugio, fuera de los límites de la base las llanuras estaban cubiertas de nieve, hacía bastante frío, y su aliento se condensaba delante de su boca. De pronto, Kruger recibió un mensaje por su microtransmisor “Coronel, detectadas varias naves procedentes de órbita, parece que parte de su desembarco se nos está echando encima”. Inmediatamente sonaron las alarmas y los más de cinco mil hombres que Kruger tenía bajo su mando se prepararon para recibir la inesperada sorpresa.

Maxam permaneció con la cabeza agachada en su trinchera cuando el ametrallamiento de los cazas Orkos que acompañaban a los transportes procedentes de órbita arrasó su posición. Del grisáceo cielo surgieron escuadrones de rápidos cazabombarderos, mientras que varias naves de desembarco se precipitaban contra la posición de los Vengativos. Se trataba de feos leviatanes de un centenar de metros de longitud, de aspecto destartalado y alargado, de color rojizo y negro, cada uno erizado de armas que no paraban de vomitar fuego contra las posiciones del Korps. El fuego antiaéreo de las baterías Hydra dañaron varios de los transportes. Uno sufrió daños en uno de sus repulsores y giró sobre sí mismo mientras se estrellaba contra el suelo panza arriba y quedaba aplastado por su propio peso. Otro de los transportes sufrió daños en alguna parte vital y explotó en el aire diseminando restos incandescentes de chatarra en kilómetros a la redonda. Pero la mayoría pudo aterrizar por delante de las posiciones de los Vengativos. Sus enormes compuertas delanteras con el aspecto de gigantescas fauces, se abrieron y dejaron salir una compacta masa de guerreros Orkos. Para Maxam era la primera vez que veía Orkos de cerca, ya los había visto en proyecciones holográficas, en los días de su adiestramiento pero esta era la primera vez que los tenía delante. Eran grandes, con forma humanoide, algo más altos que un humano, pero increíblemente musculados, su piel era verde y sus rostros bestiales desprovistos de pelo poseían enormes mandíbulas con largos colmillos asomando desde sus bocas, desencajadas mientras emitían sus bestiales gritos de guerra, iban vestidos con una mezcla de ropa de cuero o tela, no demasiado bien confeccionada y gruesos fragmentos de metal dispersos por el cuerpo a modo de protección, sobretodo en los hombros y el pecho. Se habían apiñado formando una compacta masa de guerreros que se lanzaban a la carrera contra los imperiales, la mayoría portaban en una mano ruidosas armas de gran calibre mientras que en la otra llevaban una variada colección de toscas y pesadas armas de combate cuerpo a cuerpo.

“¡A mi señal, abran fuego!” gritó el teniente Reno a todo el pelotón por el microtransmisor, mientras que el resto de oficiales hacían lo mismo con sus respectivos pelotones. Los Guardias Imperiales estaban situados en varias líneas de trincheras en zig-zag, en la primera estaba el pelotón de Maxam junto a muchas más compañías, en la segunda, la infantería de reserva, junto a las escuadras de armas pesadas y algunos tanques de batalla, entre los que se encontraba el propio Kruger en persona.

Aquellas bestias eran más rápidas de lo que podría parecer en un principio debido a su gran envergadura y aunque sus armas personales estaban fuera de alcance ya las estaban disparando contra las posiciones humanas. Detrás de la gran horda, las naves de desembarco no paraban de disparar por encima de sus tropas y muchos obuses se estrellaron contra las posiciones de la Guardia, aniquilando hombres a docenas.

“¡Fuego!” gritaron los oficiales, y el Korps realizó una primera descarga, todos al unísono y después siguieron disparando a discreción. Los Orkos apenas se vieron frenados por el fuego de la Guardia, aunque muchos caían en plena carrera para ser acto seguido pisoteados por sus compañeros. Maxam disparaba sin parar, con un enemigo tan apiñado era casi imposible fallar. El único problema es la enorme resistencia natural y la casi inmunidad al dolor de los Orkos, de modo que los disparos láser debían ser muy certeros para poder detener a un a uno de esos alienígenas en plena carrera. Pronto los Orkos también tuvieron a los humanos al alcance de sus toscas armas y muchos proyectiles de gran calibre destrozaron los sacos terreros de las posiciones del Korps, ante los disparos saltaron fragmentos de tierra y de carne.

“¡Mantengan la posición y prepárense para la embestida!” gritó el sargento Fenton por encima del fragor de los disparos. En la segunda línea de defensa los tanques clase Lemman Russ no paraban de destrozar alienígenas con sus cañones, mientras que los cañones autopropulsados Basilik, desde más lejos se encargaban de dañar todo lo posible las naves orkas.

Ya los tenían encima, los humanos dispararon hasta el último momento y se enfrentaron, bayoneta calada, a aquella marea alienígena. Maxam pudo acertarle en la cabeza a un metro de distancia a un Orko que lo había tomado como objetivo, pero el alienígena que venía detrás se abalanzó contra él, lo único que pudo hacer el soldado del Korps fue interponer la bayoneta de su rifle láser y aguantar. Fue como ser arrollado por un tanque, el impacto contra el piel verde mandó a Maxam al suelo. Su bayoneta se le había clavado al Orko en el estómago hasta la empuñadura, pero esto no pareció detenerlo y describió con su enorme hacha un arco horizontal justo cuando Maxam caía al suelo. Eso le salvó la vida ya que la tosca hoja sólo le rozó el casco, arrancándoselo de la cabeza. Rápidamente Maxam apretó desde el suelo el gatillo de su rifle láser que aún seguía clavado en el Orko. Los disparos a quemarropa acabaron con la bestia. El soldado del Korps se levantó como pudo, pero no había tiempo para celebraciones, en la trinchera se estaba llevando a cabo un desesperado combate cuerpo a cuerpo en el que los pieles verdes tenían las de ganar.

El coronel Kruger observaba silencioso el combate desde la segunda trinchera, a su lado estaba el comisario Drack, tampoco hablaba, lo cierto es que el comisario nunca solía decir gran cosa, solo lo imprescindible. “¿Qué ha sido de los cazas orkos?” preguntó el coronel a un subalterno “Nuestras baterías han eliminado a la mayoría aunque con bastantes bajas, los que quedaban se han retirado” “Bien” respondió Kruger “Que le den a Blanco la orden de carga y que se prepare la infantería de reserva, vamos a intervenir”. El coronel Kruger desenvainó su espada de energía y la levantó en el aire, para que sus hombres pudieran verla. “¿¡Porque no tememos a la Muerte!?” gritó “¡Porque nosotros somos la Muerte!” respondieron todos los hombres al unísono, y se lanzaron a la carga. Ahora sabrían esos pieles verdes que estaban atacando al regimiento equivocado.

Los nuevos refuerzos hicieron estragos entre los Orkos, aunque muchos Guardias habían caído despedazados, el Korps no cedió ni un centímetro de terreno. Kruger cayó entre los pieles verdes como si fuera una picadora de carne, con cada tajo que asestaba salía despedido un miembro o era partido un torso. Drack también ponía de su parte y su espada sierra destripó a numerosos alienígenas. La situación había cambiado para los humanos y los Orkos empezaron a ceder terreno.

Maxam seguía luchando junto a los miembros de su pelotón que seguían con vida, el sargento Fenton había muerto junto a muchos otros, y si no fuera por la llegada de los refuerzos del coronel posiblemente estarían ya todos muertos. El soldado del Korps pudo ver como el flanco izquierdo de los Orkos era asaltado por todo un batallón de Jinetes de la Muerte que emitían su característico chillido ayudados por los distorsionadores de voz de sus máscaras, Maxam no pudo distinguir a Blanco ni a Farngorn, pero se imaginó que estarían en alguna parte del combate, montando su matadero particular.

Finalmente, los pieles verdes empezaron a huir. Los últimos transportes fueron destruidos por la artillería humana o fueron lo suficientemente dañados como para no seguir operativos. Los Vengativos salieron tras ellos, decididos a no dejar a ninguno con vida. Maxam acabó al lado de Danesh durante la persecución, su amigo estaba sangrando por un costado, pero eso no parecía afectar a sus ansias de matar Orkos, le esbozó una sonrisa a Maxam y siguió corriendo en pos de los alienígenas. “Al menos se está callado durante el combate” pensó el soldado “No va a haber quien le aguante durante el próximo permiso”. Una explosión acabó con sus pensamientos.

Farngorn decapitó a su enésimo oponente, mientras bloqueaba otro ataque con su escudo blindado. “¡Farngorn!” sonó la voz de Blanco por su microtransmisor “¡Se retiran! Me dirijo con una compañía para cortarles el paso” “¡Tenga cuidado sargento!” respondió el comisario. Uno de los Jinetes que estaba cerca del comisario fue partido por la mitad por un Noble Orko, en esta zona del frente los Orkos aún se negaban a rendirse. Farngorn cargó contra la enorme bestia.

Kruger estaba en pie entre cadáveres orkos y humanos, por todas partes la nieve había quedado teñida de rojo. La mayoría de los pieles verdes estaban muertos, aunque algunos habían escapado al Oeste. “Teniente” le dijo a Reno “Como dije antes, nos vamos a Nibbel en media hora. Los Orkos pronto recibirán refuerzos y volverán. Dejen a los muertos, no hay tiempo de llevarlos. A los heridos que no se pueda hacer nada por ellos que se les administre la Gracia del Emperador.” “Si señor, por cierto, aquí esta la lista provisional de bajas.” Como solía hacer, Kruger ojeó rápidamente la lista. Solo se paró un segundo cuando leyó un nombre en el apartado de suboficiales: Blanco.

Septima parte: Huída Del Campo De Los Muertos :

El saqueador Orko se movía con agilidad entre los cadáveres. Hacía seis horas que se había marchado el ejercito humano, era noche cerrada y el campo de batalla había quedado lleno de guerreros muertos, todos ellos esperando a ser despojados de sus armas, equipo y cualquier otra cosa que los carroñeros pieles verdes pudieran encontrar útil.

En kilómetros a la redonda los cadáveres de Orkos y humanos eran registrados por grupos dispersos de saqueadores, las armas eran los objetos más apreciados, seguidos de correajes e incluso cabelleras y cabezas, serían buenos trofeos. El saqueador se había separado todo lo posible de sus compañeros, cuando había llegado a una zona del campo de batalla en el que yacían los cadáveres de algunos de esos guerreros humanos que iban montados en esos animales que sabían tan bien asados. Cualquier cosa que encontrara sería para él. En principio no encontró nada interesante, habían gran cantidad de esas “rebanadoras” pequeñas que utilizaban en combate, nada comparado con sus propias armas. Aun así, los correajes que llevaban prendidos en el torso serían útiles.

Algo llamó la atención del piel verde, los humanos solían llevar un colgante con unas pequeñas chapas metálicas, al parecer, según había oído, en esas chapas iba inscrito el nombre del guerrero, el Orko no se podía imaginar que utilidad tenía eso. Pero había uno que era diferente, colgado del cuello también llevaba prendido de una pequeña cadena un objeto de metálico muy brillante a la luz de la linterna. El Orko lo arrancó y lo miró más de cerca. A base de mucho manipularlo con sus grandes manazas, descubrió que se abría a la mitad, revelando un pequeña fotografía. Era la cara de otro humano, lo cierto es que el Orko no podía distinguir si era la de un hombre o una mujer, ya que son asexuales, y ese concepto le era incomprensible. Estaba apunto de tirarlo cuando de la nada surgió la hoja de un enorme cuchillo, que fue a hundirse dentro de la oreja del piel verde. El alienígena murió en el acto y cayó al suelo sin emitir ningún sonido. Sus compañeros más cercanos ni siquiera se enteraron de lo que pasaba ya que estaban a un centenar de metros registrando los restos aún humeantes de un tanque Lemman Russ.

El Sargento Veterano Blanco se incorporó como pudo y arrancó su cuchillo de la cabeza del Orko, mientras que con la otra mano recuperaba su colgante, aún apresado por la mano del piel verde. Después de limpiar rápidamente la hoja de su cuchillo se echó al suelo y analizó la situación. Lo que había ocurrido hace unas horas aún le parecía muy reciente. Recordaba perfectamente como él y sus hombres estaban persiguiendo a los Orkos cuando éstos empezaron a huir. También recordaba como de pronto, muchos se dieron la vuelta y lanzaron un contraataque. En ese instante debió de recibir un disparo o un golpe en el casco porque ya no recordaba nada más hasta el momento en que se despertó y encontró a ese asqueroso piel verde manipulando su preciado collar. Si, debía de haberse llevado un disparo en el casco porque el terrible dolor de cabeza que lo atormentaba en ese momento no podía tener otro origen. Se quitó su máscara de calavera y se tomó un puñado de analgésicos que sacó de su cinturón. Hacía un frío terrible, su abrigo apenas era capaz de mantenerlo caliente, había que moverse y rápido. Comprobó la munición de su pistola láser y se deslizó arrastrándose entre cadáveres humanos, orkos y de caballos.

La zona estaba salpicada de saqueadores Orkos y sus esclavos Gretchin. Mientras unos se encargaban de buscar objetos de cierta utilidad, los esclavos, bastante mas pequeños, iban cada vez más cargados con lo que iban encontrando sus amos. Blanco se arrastraba en la oscuridad tan silenciosamente como le era posible, si los Orkos le descubrían, su vida no valdría nada.

Uno de los pieles verdes empezó a acercarse al lugar donde estaba el Vengativo, éste se quedó quieto y confió en que lo tomarían por un cadáver. El Orko, seguido de un esclavo piel verde cargado como una mula, se paró al lado del humano. Blanco permanecía inmóvil, sin estar muy seguro de lo que hacer, si disparaba al alienígena, sus compañeros le volarían la cabeza. Pero si permanecía quieto, el piel verde era capaz de tomar su cabeza o sus dedos como trofeo, o algo mucho peor. El Orko dijo algo en su bestial lenguaje a su ayudante y éste dejó un momento en el suelo su carga y se apresuró a registrar al sargento del Korps y a otro soldado muerto que estaba a su lado. La sensación que le daban las ágiles manos hurgando en su uniforme no era nada agradable. Blanco aún tenía en la mano su pistola láser, estaba a punto de hacer uso de ella cuando el pequeño piel verde terminó su trabajo y volvió con su amo. El Orko estuvo viendo lo que el esclavo había encontrado, posiblemente, el Gretchin se hubiera guardado algo para sí , pero el enorme alienígena no pareció darse cuenta y ambos se alejaron. No parecía que le hubieran quitado nada de importancia, así que el Vengativo siguió arrastrándose, alejándose todo lo posible de la escoria alienígena.

Blanco estaba ya bastante lejos de la zona de los saqueadores y cada vez fue arrastrándose con más rapidez y confianza. Estaba a punto de salir del campo de batalla cuando, a su izquierda, el enorme corpachón de uno de los pieles verdes abatidos empezó a moverse. “¡Maldita sea!” murmuró el sargento “Un error de novato” y apuntó al alienígena que parecía que estaba intentando levantarse. Un lamento proveniente del Orko hizo detenerse por un instante al Vengativo, no es que le importara que el alienígena se quejara, es que lo estaba haciendo con la voz y el lenguaje de un humano. “Ayuda...” pudo oír Blanco. Al parecer, ese Orko estaba realmente muerto, y había alguien atrapado debajo de su pesado cuerpo. El sargento se acercó y pudo distinguir en la oscuridad a un soldado del Korps cubierto completamente por el piel verde muerto. Desde luego estaba vivo y aún a riesgo de ser descubierto empezó a tirar del cuerpo de alienígena. Blanco era un hombre fuerte pero le costó poder quitárselo de encima a su compañero. Finalmente pudo moverlo lo suficiente como para que el soldado pudiera salir. “Maldita sea, ¿Qué estaba haciendo ahí?” le susurró el sargento del Korps. “No...lo recuerdo muy bien...creo que una explosión...” “ Ya me lo contará luego” interrumpió Blanco “Ahora hay que salir de aquí”.

Se arrastraron hasta que se sintieron seguros y después corrieron, alejándose todo lo posible después de haber recogido un par de rifles láser. Blanco tuvo que ayudar a tenerse en pié al soldado mientras se alejaban, le dolía una pierna, quizás la tuviera rota.

El sargento del Korps no sabía cuanto tiempo llevaban andando, pero si la temperatura seguía bajando de esa manera, ninguno de los dos pasaría de esa noche. “Señor” dijo de pronto el soldado “Creo que al desplazarnos a la base hace dos días vi un asentamiento abandonado al Este, a pocos kilómetros.” “Que el Emperador te oiga soldado” respondió Blanco casi sin darse cuenta que lo decía en voz alta.

Hubo suerte, casi a la hora de haber dejado atrás el campo de batalla encontraron una serie de edificios en no muy buenas condiciones, gran parte gracias a la ayuda del soldado y a su casi milagroso sentido de la orientación, también gracias a la visibilidad que daban las dos lunas gemelas que brillaban en el cielo nocturno, aunque una noche sin nubes contribuía a hacer bajar aún más la temperatura. Los edificios tenían la fachada cubierta de nieve, y por la forma del complejo ese lugar podría haber sido una especie de granja. Después de un rápido vistazo, se cercioraron de que no había nadie. Encontraron un sótano debajo de una portilla que estaba en el suelo del edificio más grande. Blanco bajó mientras el otro soldado esperaba arriba con el rifle láser apunto. La estancia estaba completamente a oscuras y se accedía a ella por medio de unas escaleras metálicas que se desplegaban al abrir la trampilla. El Vengativo cubrió la estancia con la luz de su linterna. La habitación era cuadrada, con paredes y suelo de piedra, unas estanterías caídas de madera carcomida cubrían parte del suelo, habían botes y botellas rotas a su alrededor. Tenía todo el aspecto de ser algún tipo de refugio. Blanco bajó el arma y ayudó a bajar al soldado.

“Bueno, parece que no está rota” dijo Blanco mientras examinaba la pierna del soldado “Ha tenido suerte”. Debido al frío, se arriesgaron a encender un fuego. De todas formas nadie los vería dentro de ese sótano. Las raciones de campaña fueron útiles, pero solo tendrían para dos o tres días más. “Por cierto, ni siquiera se su nombre soldado” comentó Blanco. “Soldado Franca Maxam señor, compañía de mando” “Sargento Veterano Blanco de los Jinetes de la Muerte, encantado de conocerle soldado” respondió mientras le estrechaba la mano. Para Maxam eso fue un gesto bastante sorprendente, al parecer Blanco no era tan seco como parecía en un principio, seguro que si se le llegaba a conocer, podría resultar hasta un tipo simpático. “¿Qué es lo que haremos ahora sargento?” preguntó Maxam “Nibbel está al Este, intentaremos llegar allí, puede que en tres o cuatro días.” A Maxam le parecía un cálculo demasiado optimista, con los Orkos rondando sería peligroso y eso sin contar con que se encontraran con algún miembro del movimiento de los Libertadores que hubiera escapado de las purgas imperiales. “Duerma ahora soldado, yo haré la primera guardia.” Dijo el sargento.

Maxam despertó repentinamente de un sueño intranquilo, por un momento se olvidó de donde se encontraba, durante algunos segundos pensó que se encontraba en Krieg y que su padre pronto le despertaría para ir al cuartel, en su primer día en las FDP. No era así, la cruda realidad pronto se impuso y de nuevo estaba en un sótano, aislado, a doscientos kilómetros de la fuerza amiga más cercana. Blanco estaba sentado cerca de la hoguera. Su rifle láser reposaba a su lado. Estaba mirando a la luz del fuego una pequeña fotografía dentro de un colgante plateado con la cadenilla rota, su expresión era más sombría de lo habitual. “¿Esposa?” se atrevió a preguntar el soldado. Blanco pareció sobresaltarse al oír la voz, pero no llegó a mirarle. Tras unos segundos de silencio dijo “Podría haberlo sido” y volvió a guardarlo en su guerrera. Enseguida Maxam relacionó esa foto con el brazalete negro que el sargento siempre llevaba y que prácticamente se había convertido en su marca personal, comprendió que no debía volver a sacar el tema. “Parece que ya le toca relevarme” dijo de pronto el Vengativo mientras se apartaba de la hoguera “Mantenga los ojos abiertos”. Maxam se incorporó, cogió su rifle láser y se acercó a la hoguera.

Octava parte: El asunto del barracón 38 :

Kruger se encontraba en sus aposentos en Nibbel, en los barracones que le habían sido asignados a él y a su regimiento. Habían vuelto a la ciudad hacía pocas horas. Era ya de noche y la mayoría de los hombres dormía en sus literas. Sin contar con los que estaban durmiendo en el bloque hospital del regimiento. Había sido una dura batalla, había perdido casi quinientos hombres y habían sido evacuados con éxito ochocientos heridos. Demasiadas bajas para el gusto del coronel. Los Orkos ni siquiera llegaban a doblarles en número, no debería haber perdido tantos hombres. Además había perdido varios oficiales valiosos, con la perdida de Blanco los Jinetes de la Muerte estaban sin comandante. Aunque el batallón de caballería estaba bajo el mando del capitán Piett, el mando operativo sobre el campa de batalla lo tenía Blanco, de momento había puesto al frente al comisario Farngorn, Kruger sabía que él y Blanco eran amigos desde hacía años y que esto había sido un golpe duro para el oficial político, aunque como era de esperar de un comisario, en ningún momento dejó entrever el más mínimo sentimiento de lástima. El gobernador Soica en persona había felicitado a Kruger por su actuación al detener ese inesperado ataque de los pieles verdes, los acorazados de Nokad habían tenido suerte y no fueron atacados tras el bombardeo orbital, de modo que el hecho de que Kruger hubiera acabado sin ayuda con un frente tan cercano a la capital, al parecer, era motivo de elogio. Al coronel no le gustaba Soica, aunque el gobernador planetario lo ignoraba, aún estaba siendo investigado por su posible relación con el alzamiento de los Libertadores. Ahora todos los regimientos de la Guardia Imperial y de las FDP disponibles se estaban reagrupando alrededor de las ciudades más importantes, sobretodo alrededor de Krit y Nibbel. Por el momento sólo se sabía que los pieles verdes habían realizado varios desembarcos al oeste del continente y que habían empezado a controlar varios centros urbanos esclavizando rápidamente a la población. Era sólo cuestión de tiempo que se desplazaran al Este y que empezaran a librarse combates más serios. Sólo esperaba que los refuerzos de Akari llegaran antes. El coronel se disponía a realizar el mantenimiento de sus prótesis biónicas en el ojo y en la mano antes de acostarse, si quería que aquellos sustitutos de metal siguieran funcionando había que limpiarlos regularmente. Siempre llevaba consigo un pequeño estuche metálico con cepillos eléctricos y aceites bendecidos, con la insignia del Adeptus Mecánicus en la tapa, para realizar la tarea. Aún no lo había abierto cuando la terminal portátil de su mesa realizó un sonido similar al tintineo de una campanilla. Alguien intentaba comunicarse con él. El coronel se dirigió a la pantalla y encendió el monitor. Había recibido un mensaje, el código de entrada no era el habitual de la Guardia, parecía de una fuente local. Kruger tardo unos segundos en decidirse a abrirlo, pero finalmente lo hizo. El mensaje era corto, sólo decía: “A LA ATENCIÓN DE CORONEL VÍCTOR KRUGER. REÚNASE CONMIGO EN LA PUERTA DEL BARRACÓN 32. ASUNTO IMPORTANTE SOBRE SOICA. CORONEL PERTHAL”.

Barracón 38. Kruger se había pasado diez minutos esperando en las cercanías de aquel edificio, sin que apareciera nadie. Hasta que cayó en la cuenta de que a cuatro manzanas dirección Este había un club nocturno con ese mismo nombre.

“Este es el lugar” dijo Drack al ver el nombre del club formado por un llamativo letrero de neón amarillo. Kruger había querido ir solo, pero al abandonar su barracón se encontró con el comisario que volvía de realizar sus rezos nocturnos en la capilla. Kruger se vio obligado a contarle todo el asunto, y el oficial político insistió en acompañarle. A pesar del actual estado de guerra contra los Orkos, la población de Nibbel estaba ociosa y la puerta del local estaba llena de gente esperando por entrar, del interior venía el sonido amortiguado de una música extremadamente alta. Las gentes de Nibbel aún veían el ataque como algo que no iba a pasarles a ellos, no se imaginaban que los pieles verdes pronto centrarían su atención en el Este y se lanzarían a someter al resto del planeta. Kruger había creído conveniente acudir al lugar de forma discreta y él y Drack iban vestidos con dos largas gabardinas oscuras del uniforme del regimiento, sin insignia de ningún tipo, de forma que pasaban por simples abrigos.

“Si Perthal no aparece en media hora, nos volveremos a los barracones, ya le ajustaré las cuentas mañana” pensaba Kruger mientras se iban acercando a la cola de entrada, la paciencia no era una virtud demasiado calada en el coronel. “Coronel”, dijo Drack mientras señalaba con la cabeza a un hombre. Vestía un largo abrigo caqui y estaba parado en la esquina de la calle, como si esperara a alguien. Su piel era negra, y su envergadura superaba por mucho a la de la gente de alrededor. “Sullust...” murmuró Kruger. “Coronel Sullust” dijo el coronel del Korps mientras él y Drack se acercaba al enorme oficial. El hombre de Nokad pareció sorprendido al ver a los dos siniestros personajes. “Creí que sólo se me había citado a mí. Obviamente estaba equivocado” dijo “Explíquese” dijo Drack que al parecer tenía un día realmente hablador. “Recibí un mensaje a través de la terminal de mis aposentos citándome en este lugar a esta hora. El mensaje provenía de alguna parte en un radio de un kilómetro por lo que pude averiguar” “Lo mismo nos ocurrió a nosotros” intervino Kruger. “¿Se le ha ocurrido pensar a alguno de ustedes que esto podría ser una trampa de los Libertadores con el fin de acabar con altos oficiales imperiales?” observó el comisario. “ Si así fuera, creo que ya estaríamos muertos” respondió Sullust.

Un hombre se acercó al trío, vestía como un civil pero les saludó discretamente como un militar “Señores, tengan estos pases. En el segundo piso” y a continuación se marchó. El hombre les había dado tres Pases Prioritarios, esto les daba el privilegio de saltarse la cola de entrada. El trío se abrió paso entre el gentío de la cola a empujones, hasta que llegaron a la entrada. “¡Eh, más cuidado gilipollas!” gritó un tipo de la cola, al ser empujado por Drack. Éste simplemente se volvió y clavó su mirada en molesto ciudadano, que simplemente se limitó a mirar al suelo y a permanecer callado. El enorme portero cogió los pases y después de mirarlos durante un segundo, les dejó entrar.

El interior del local estaba lleno hasta los topes y no había demasiada luz, por todas partes sólo se veía gente bailando al ritmo de una frenética música. “Esto va a matarme” pensó con amargura Kruger. Sullust golpeó en el hombro al coronel y le señaló unas escaleras que subían. El oficial de los vengativos avisó a su vez a Drack, que se había quedado mirando a una bailarina muy ligera de ropa subida en una plataforma justo a su lado. Kruger no sabía si el comisario sentía asco por tan obscena exhibición o todo lo contrario, aunque Drack no parecía molesto en absoluto. En el segundo piso la luz era aún más tenue, y la música estaba más baja, de forma que al menos ya se podía hablar. Durante un minuto estuvieron buscando a alguien que se pareciera a Perthal. Caminaron entre muchas parejas acurrucadas en unos sillones colocados para tal efecto. Al parecer, ese piso no estaba pensado precisamente para bailar. Un hombre se les acercó, por el corte de pelo se adivinaba fácilmente que era militar, era Perthal. “Síganme” dijo, y les llevó a una habitación vacía, al fondo de un pasillo, junto a las letrinas. “Bien Perthal, ya estamos aquí, ¿Qué quiere?” dijo Kruger. “Señores, les he citado aquí porque tengo algo importante que decirles y además, ustedes fueron los únicos voluntarios para quedarse en superficie y aguantar el bombardeo, por eso creo que sólo me puedo fiar de ustedes. Respóndanme a algo. ¿Saben por qué vinieron a este planeta?” “¿Qué pregunta estúpida es esa?” respondió Sullust con tono molesto “Vinimos aquí para aplastar el movimiento rebelde de los Libertadores. Más vale que nos haya traído aquí para algo más importante que para decir gilipolleces” “No se altere, coronel” respondió Perthal con calma “Solo otra pregunta ¿Saben porqué, se produjo el levantamiento?” “No admitían al Emperador como su señor” respondió rápidamente Drack. “Eso es lo que les dijeron” respondió “Eso fue lo que Soica les contó cuando pidió ayuda al Imperio. Pero empezamos este levantamiento por algo más importante.” En ese momento Kruger y Sullust cayeron en la cuenta de Perthal era uno de los Libertadores, lo habían leído en la información que habían recibido en las naves de transporte de camino a Zolak y no se había dado cuenta hasta ahora, incluso su mismo nombre lo decía: Perthal o como se hacía llamar entre los rebeldes, Perthalainamia. Antes de que ninguno de los dos pudieran hacer o decir nada, Drack ya había sacado una pistola bólter de su abrigo y estaba apuntándole. “Tranquilícese comisario” dijo tranquilamente el Libertador. “Tranquilo Drack, deje que se explique” dijo también Kruger, en cualquier otra situación el coronel hubiera sido el primero en volarle la cabeza, pero en ese lugar y al ver a Perthal tan calmado, algo en él decía que la situación no les era favorable. “Gracias, coronel” dijo el rebelde “No me las de aún.” respondió secamente el Vengativo. “Como iba diciendo” continuó “Organizamos este levantamiento, contándole a la chusma lo que querían oír, que les libraríamos de ese tirano que se atrevía a llamarse emperador, pero en realidad el único objetivo era acabar con Soica y terminar con la insurrección antes de que llegaran los refuerzos imperiales.” “¿Insinúa usted que los libertadores nunca quisieron secesionarse del Imperio?” preguntó Sullust mientras Drack bajaba lentamente el arma. “En efecto. El Imperio no me agrada, pero desgraciadamente es necesario en estos tiempos. Soica estaba robando una enorme cantidad de los impuestos destinados al Emperador, él es quien quiere separarse”. “Lo que está diciendo es que con esos fondos está reclutando un ejercito secreto para dominar el planeta y alejarse de la luz del Emperador” concluyó Kruger. “No solo eso” respondió Perthal “A hecho algo impensable, algo muchísimo peor”. Fue en ese momento cuando el coronel rebelde fue alcanzado por varios disparos provenientes de un arma con silenciador desde fuera de la habitación. Perthal cayó al suelo y los tres oficiales imperiales buscaron cobertura donde pudieron cuando más disparos empezaron a llegar a la las paredes. Kruger y Sullust desenfundaron dos pistolas láser. Drack asomó por la puerta con el arma a punto. Solo vio una figura que se escabullía y se dirigía a las escaleras de bajada. “¡Se escapa!” gritó el comisario y salió en pos del asesino. Sullust hizo lo mismo. Kruger iba a levantarse del suelo y a seguir a su compañero cuando alguien lo agarró por la manga del abrigo. Perthal aún seguía con vida. “¡Kruger!” dijo con una voz cada vez más débil mientras sacaba un cristal violáceo del bolsillo de su cazadora “Aquí están todos los datos que puede necesitar, protéjalos con su vida y acabe con esa escoria”. Sin decir nada el coronel lo cogió y salió corriendo de la habitación con el arma en la mano.

De momento nadie en el local se había percatado del asesinato y seguían bailando. Los tres oficiales imperiales luchaban por abrirse paso entre la multitud. Drack iba más adelantado, y siguió al asesino a la salida. Sullust había esperado a Kruger e iban más retrasados. El misterioso atacante atravesó la salida empujando al enorme portero y tirando al suelo a varias personas que esperaban para entrar y salió corriendo calle abajo. Drack apareció también a los pocos segundos y continuó la persecución. Al poco aparecieron Sullust y Kruger, pero esta vez, el portero estaba más atento y bastante más furioso y agarró a Kruger por el cuello entre insultos. Sullust se paró y se encaró con él. Al ver que el goriláceo portero no quería soltarle y que estaba llamando a sus compañeros por un transmisor adosado a su oreja, Kruger le disparó en la rodilla, acabando de golpe con la conversación.

Drack corría en la semipenumbra de las calles detrás del asesino, éste de vez en cuando se volvía y disparaba al comisario pero éste no se paraba y le devolvía los disparos sin ni siquiera aminorar la marcha. Después de medio minuto de persecución, el asesino se metió en un callejón y Drack entró en él sin pensárselo. Fue un error. En cuanto el comisario dobló la esquina, el asesino, que le estaba esperando, le golpeó con fuerza y Drack cayó al suelo. Por el momento, el atacante no disparó, quizás se hubiera quedado sin munición pero arrebató de una patada el arma al comisario cuando intentó dispararle desde el suelo. Después intentó asestarle otra, esta vez dirigida a su cabeza, pero Drack estaba preparado y se lanzó hacia delante cerrándole la distancia y dándole un soberbio cabezazo en la nariz. El oficial político notó un satisfactorio crujido al golpearle. Pero el asesino era buen luchador, y como si no sintiera dolor, le propinó en rápida sucesión un rodillazo en la boca del estómago y un codazo en la cara. Drack cayó otra vez al suelo, tardó unos segundos en volver a levantar la vista y vio con furia que su atacante ya había escapado.

Novena parte: Hacia el Este :

Las nevadas estepas al Oeste de Nibbel eran siempre iguales. Un monótono paisaje blanco, con algún que otro árbol muerto, a la espera del período estival. No se detectaba vida alguna.

Con la excepción de dos solitarias y silenciosas formas humanas abriéndose camino a través de la nieve, en un vano intento de llegar a la capital planetaria.

Blanco se detuvo un momento. No estaba seguro de si ese era el camino correcto. En cualquier otra situación, no habría tenido problema para encontrar la ciudad, pues siempre llevaba consigo un pequeño y compacto scanner o auspex. Desgraciadamente, le había sido robado. Cortesía del pequeño esclavo piel verde que registró sus ropas la otra noche. Por lo menos estaban más calientes que cuando escaparon del campo de batalla. Al amanecer se habían tomado la molestia de buscar algo útil entre los ruinosos edificios de la granja donde habían pasado la noche. No les había ido mal. Llevaban encima latas de comida al vacío que encontraron en el sótano y además, dos viejos abrigos blancos para la nieve que el soldado Maxam encontró, junto a otras ropas menos apropiadas, en una de las habitaciones del edificio más grande. Todo hacía parecer que la granja había sido abandonada a toda prisa durante el levantamiento de los Libertadores.

El sargento de los Vengativos estaba a punto de reanudar la marcha cuando escuchó un ruido. Sonaba como un intenso pitido y se hacía más fuerte por momentos. Blanco tardó un segundo en deducir de qué se trataba. "¡Rastreadores! ¡Maxam, al suelo!".Segundos después de que los dos soldados se tumbaran a toda prisa, dos cazas orkos pasaron volando a un centenar de metros por encima de sus cabezas. No parecía que los hubieran visto y siguieron su camino dirección Este. "Una avanzadilla" dijo el sargento del Korps mientras alzaba la vista. "Entonces, eso significa que los Orkos andan por aquí" dijo Maxam mientras se ponían en pie. "Y vienen hacia aquí" prosiguió Blanco " No creo que estén muy cerca, pero hay que apretar el paso. ¡Vamos!"
La travesía a través de la nieve era dura. Los miembros del Korps siempre van bien equipados para la mayoría de las situaciones.

Pero dos soldados solos, sin más aprovisionamiento que el que puedan cargar, a la larga acaban muriendo en unas condiciones como esas.

Blanco se dio cuenta de que Maxam iba cada vez más despacio. Esa pierna quizás no estuviera rota, pero no estaba bien del todo. Al cabo de una hora, el sargento estaba casi cargando a su camarada. "No pasará de esta noche" pensó. Ésa no era muerte para un soldado del Korps. "¡Vamos soldado! ¡No se pare ahora!". Maxam no decía nada, solo emitía un jadeo cada vez más irregular mientras cojeaba, ayudado por Blanco.

"Sad voices they´re calling..." murmuró el sargento.

El soldado levantó la vista al reconocer la letra de "El violinista en el prado". "Vamos Maxam, cante usted también." El soldado hizo un esfuerzo y obedeció la orden, si es que eso era una orden. "Sad voices, they´re calling, our precious girl she can´t be gone…"

Al atardecer de ese día la pareja de soldados se paró para descansar. Blanco había dejado a Maxam apoyado contra el tronco de un árbol muerto y estaba intentando encender un fuego. "Sabe Maxam" dijo mientras se afanaba en que las ramas humedecidas prendieran. "A pesar de tener que cargar con usted, no me ha caído mal. Ha demostrado una extraordinaria resistencia al aguantar la marcha de hoy. Muchos de los veteranos que conozco no habrían podido seguir con una pierna así." En aquel momento, el sargento del Korps pensó que quizás había hablado demasiado. Había mentido al soldado, la pierna estaba bastante mal. En una situación normal no habría sido grave, hubiera bastado con reposar un par de días, pero en esa situación no podían quedarse quietos. Si no los mataba el frío y la falta de alimentos, los orkos lo harían.

"A tomar por culo..." pensó Blanco en voz alta cuando sacó su pistola láser y disparó a la hoguera que hasta ese momento se negaba ha encenderse. Después de ese brusco pero efectivo acto las ramas prendieron rápidamente.

"Sargento... ¿A cuanto estamos de Nibbel?" preguntó Maxam con voz entrecortada. "Cerca, con suerte mañana al atardecer la tendremos a la vista" mintió el vengativo. No pensaba que el soldado viviera al amanecer. A lo largo de su vida, Blanco había perdido a muchos seres queridos. Algunos eran familiares, antes de entrar en el Korps. Otros eran compañeros de armas. Según su experiencia, no es bueno hacer amigos. Habla con la gente que te rodea lo justo, nada más. Así no tendrás a nadie que echar de menos cuando mueran. Aún así, el sargento había roto su regla varias veces, tenía un pequeño número de camaradas a los que temía llamar amigos, Melic, Greinhorn, el sargento Llego, el comisario Farngorn.... Cuando Maxam muriera dentro de pocas horas, no lo sentiría. Cogería su equipo y placa identificativa, rezaría una breve oración al Emperador y seguiría su camino.

"Será mejor que coma algo soldado, mañana le quiero en pie y dispuesto a llegar a Nibbel de una puñetera vez." No hubo respuesta por parte del soldado. El sargento se volvió y se dio cuenta de que Maxam ya hacía tiempo que había perdido el conocimiento. "Lo siento Maxam..."

No había abierto los ojos. Se sentía demasiado cansado. Sólo escuchaba.

A su alrededor sentía movimiento, y voces que no era capaz de entender.

Sintió una punzada en la mejilla izquierda. Intentó abrir los ojos y todo le dio vueltas.

Volvió a sentir la punzada, más fuerte esta vez. Consiguió abrir los ojos y por un momento, no distinguió lo que tenía delante, tardó en enfocar la vista, pero lo consiguió y lo que vio era algo que no se esperaba.
Había un niño. No tendría más de ocho años, y estaba tocándole la cara con un palo.

"¿Qué coño estás haciendo niño?" pudo articular. El crío se sobresaltó por la repentina resurrección del hombre y salió corriendo. Maxam no le dio importancia y volvió a dormirse.

"¿Así que miembro de la Guardia Imperial?" dijo Ichzar Iraun con tono interesado al soldado mientras comían sobre una mesa plegable dentro de un refugio móvil. Blanco no se molestó en contestar a la pregunta y siguió comiendo su ración. Intentando que no se notara que estaba salvajemente hambriento, aunque no fingía muy bien.

El Emperador parecía haberles bendito aquel día. A la media hora de que Maxam perdiera el conocimiento, apareció un grupo de vehículos: Dos coches terrestres y tres camiones pesados. Parecían civiles y se dirigían al Este, como los dos soldados. Blanco les hizo señales para que pararan.

Al parecer, eran un grupo de refugiados que huía hacia la capital cuando su pueblo fue atacado por una partida orca, a unos cincuenta kilómetros de allí. Eran trece, un variopinto grupo formado por cinco mujeres, siete hombres y un crío. Uno de ellos parecía médico y se ocupó de Maxam. El soldado padecía un principio de hipotermia, y un desgarramiento muscular bastante serio en la pierna. Le trataron las heridas y le pusieron una inyección con antibiótico y sedante y le dejaron descansando en el remolque de uno de los camiones.

Ahora Blanco se encontraba pasando la noche en un refugio portátil circular de unos doce metros de diámetro. Comiendo con seis personas mas, cuatro de los hombres y cinco de las mujeres. La pequeña sala estaba iluminada con un quinqué que colgaba del techo.

Los hombres le miraban con algo de desconfianza mientras comían y no intercambiaban muchas palabras. Sólo una de las mujeres llamada Ichzar, que se sentaba enfrente del sargento, hablaba sin parar a Blanco con un tono mas bien afable, bombardeándole sin parar con preguntas. El resto parecía escuchar con atención las escasas respuestas del miembro del Korps.

Blanco desconfiaba de cualquiera que no perteneciera a su regimiento, y solo respondía lo justo. Su experiencia en la Guardia le había enseñado a no trabar demasiado contacto con civiles, que además no le inspiraban demasiada confianza.

"Entonces, fueron sus tropas las que se pasaron por Lamnia hace unos días." dijo una voz. Blanco desvió su mirada hacia el lugar de donde venía, acababa de entrar otro de los hombres en el refugio, un tipo enorme y peludo con una gasa fijada a su mejilla con esparadrapo, el sargento no recordaba muy bien su nombre pero quizás se llamara Namlo. "Si." fue lo único que contesto, después de unos segundos de silencio, Blanco cambió de tema "Ichzar dice que mañana llegaremos a Nibbel".

"Así es, la capital no está lejos. No se preocupe sargento veterano, pronto estará de vuelta con su Korps."

El sargento estuvo con ellos un par de minutos mas y se retiró a uno de los camiones. Aquellas personas le habían dejado el remolque de uno de los camiones a él y a Maxam para ellos solos. Un gesto bastante generoso.

Demasiado, pensó Blanco. Puede que solo se debiera a que no se sentían muy cómodos compartiendo el mismo techo con unos soldados que hasta hace poco estaban destrozando sus ciudades mientras sostenían duros combates con los rebeldes.

Blanco se subió al remolque y se recostó sobre unas mantas que había en el suelo, junto a su compañero, que seguía durmiendo, gracias al sedante que le habían puesto, seguramente.

Aunque estaba cansado, el vengativo no durmió y se quedó mirando al techo en la oscuridad, mientras un viento frío golpeaba el remolque. Había algo raro en esos civiles, sobre todo le inquietaba la forma en que lo miraban. Había odio en sus ojos. Además, lo que el tipo llamado Namlo le había dicho antes no se le iba de la cabeza "No se preocupe sargento veterano, pronto estará de vuelta con su Korps". Las insignias de su regimiento no eran demasiado comunes. En el cuarenta y uno, si eres soldado llevas un cráneo metálico en el uniforme, en los sargentos es plateado. También existe el rango de sargento veterano, a diferencia de otros regimientos, en los que es algo así como un sargento mayor o un brigada, en este caso el cráneo es plateado con una sección dorada en la frente. Ese hombre distinguió la insignia y se dirigió a Blanco por su rango, además dijo la palabra "Korps", ningún civil habría distinguido la insignia y mucho menos habría sabido el regimiento al que pertenecía.A menos que no fueran civiles.

Blanco saltó del suelo y fue a buscar su rifle láser entre sus cosas. No estaba. Era lo que se temía, eran rebeldes.

"¡Maxam, arriba! ¡Nos vamos!" dijo el sargento mientras agitaba con fuerza a su compañero. Tardó casi un minuto en despejarle y contarle su teoría. Cuando fueron a abrir la puerta del remolque se dieron cuenta de que les habían encerrado.

Décima parte: El secreto de Soica.


Había pasado una semana desde el incidente del barracón 38. Durante ese tiempo Kruger, Drack y Sullust habían tenido tiempo de investigar mas sobre Soica.

Perthal tenía razón, todo indicaba que Soica era un traidor al Imperio. Dos días atrás habían conseguido entrar en los archivos privados del gobernador planetario. Con la ayuda de un soldado de Nokad experto en sistemas electrónicos llamado Nikol que, además, disfrutaba de toda la confianza de Sullust. El gobernador había estado desviando gran cantidad de fondos y armamento a sus propias arcas.

Además de Nikol, sólo ellos sabían de la traición de Soica y del asesinato de Perthal. Lo que aún no habían descubierto era el contenido del cristal que les entregó el coronel. Además, durante esa semana habían extremado las medidas de seguridad. El asesino de Perthal había escapado de modo que Soica ya debía saber todo lo ocurrido. Durante toda la semana ninguno de los tres oficiales había sufrido ningún percance pero seguían alerta. Soica podía intentar algo en cualquier momento.

Durante las reuniones diarias del cuadro de oficiales, también estaba presente Soica. Al parecer, muchos pensaban que la presencia del gobernador imperial, además de ser obligatoria, era útil, ya que en su juventud, Soica había servido en la Guardia Imperial. Su logro mas famoso se produjo cuando hace treinta años logró acabar con un gran Waaagh que amenazaba el sector. Después de esa gran victoria, se retiró a Zolak y asumió el cargo de gobernador al morir su padre. Muchos decían que era un gran táctico, con gran experiencia en la lucha contra los pieles verdes, pero la verdad, es que no aportaba demasiado a las reuniones.

El personal iba discutiendo estrategias a seguir a medida que los orkos iban avanzando por la superficie de Zolak. La situación no era nada buena. Los pieles verdes controlaban ya una cuarta parte del continente. Y se dirigían a Krit. Los imperiales tenían sesenta mil hombres para defender esa ciudad, pero si no llegaban pronto los refuerzos de Akari no podrían resistir mucho. También un segundo contingente se dirigía hacia Nibbel, sus fuerzas se estimaban en unos trescientos mil guerreros mas sus vehículos y máquinas de guerra. Además ya habían tenido las primeras escaramuzas. Casi diariamente pequeños escuadrones de cazabombarderos orkos hostigaban a las fuerzas imperiales que cavaban trincheras y preparaban fortificaciones a las afueras de la ciudad. Los escuadrones de Lightning imperiales patrullaban sin descanso el perímetro de la ciudad para contener los cada vez mas frecuentes ataques aéreos.

La reunión de esa mañana finalizó rápidamente, ni Kruger ni Sullust abrieron la boca. Soica había estado sentado en uno de los extremos de la alargada mesa mientras observaba silencioso el holomapa del centro. El coronel de los Vengativos había estado mirando al gobernador durante la reunión en un intento por descubrir qué le pasaba por la cabeza. Si no fuera porque habían confirmado que era un traidor, Kruger pensaría que era tan inocente como un niño lactante. Era un actor realmente bueno.

A la salida de la sala de reuniones Sullust se dirigió a Kruger “Coronel” dijo, “Creo que ya es hora de llevar a cabo lo planeado, esta noche”. Kruger iba andando por el pasillo en dirección a la salida donde le esperaba su vehículo para llevarle de vuelta a su barracón, Drack iba a su lado, silencioso como siempre.

“No estoy seguro Sullust, me gustaría esperar un par de días más, cuanto más tardemos en actuar más se relajará nuestro enemigo y será más fácil actuar” el inmenso coronel de Nokad permaneció callado un par de segundos cuando se cruzaron con dos oficiales de las FDP, cuando hubieron pasado, prosiguió. “Algo me da mala espina, Soica parecía extraordinariamente amistoso cuando salió de la reunión ¿Se ha fijado que nadie ha preguntado por Perthal? Es como si todo el maldito cuadro de oficiales locales estuviera pringado.” A Kruger le sorprendió escuchar esa expresión tan vulgar de labios de un oficial pero no dijo nada. Ya se encontraban bajando las escaleras del palacio de gobernador en dirección a su vehículo cuando Sullust volvió a insistir “Coronel, conozco su fama y se que a usted no le faltan agallas pero si usted no hace nada lo haré yo solo, ¡Estoy harto de esperar!”, Kruger se paró en mitad de las escaleras “¡Maldita sea Sullust!” dijo con tono frío, pero aún así parecía irritado “No podemos precipitarnos antes deberíamos esperar a que Soica se confíe, si no ha hecho nada ya no creo que lo haga...”

El coronel fue interrumpido cuando una tremenda explosión destruyó el vehículo que lo esperaba y esparció restos a docenas en un radio de cien metros a la redonda. Las alarmas empezaron a sonar, por todas partes había gente corriendo, algunos estaban en el suelo, retorciéndose por alguna herida, otros no se movían. Los tres oficiales fueron enviados al suelo, con los oídos pitando, ninguno parecía herido. “Coronel” dijo Drack, rompiendo su silencio mientras se incorporaba “En mi opinión creo que ya es hora de hacer algo, esta noche.”

El guardia de la estación estaba empezando a aburrirse, estaba intentando liarse un pitillo sin demasiado éxito, la oscuridad de la noche nunca ha sido buena para esas cosas. Además, si el cabo le pillaba con un cigarro en plena guardia iba a pasar una semana en el calabozo. Pero hacía frío y eso ayudaría a calentarle. Debido a la amenaza cada vez mayor de los Orkos, se apagaban casi todas las luces durante la noche y se había establecido un toque de queda. La gente ya no estaba ociosa, en todos los canales los sacerdotes de la Eclesiarquía exhortaban a la población a prepararse y a resistir el inminente ataque Orko.

Así que allí estaba él, el soldado de las FDP Norla en otra emocionante y rutinaria guardia de la puerta del recinto de la estación de comunicaciones, cerca del ala oeste del palacio del gobernador Soica.

Finalmente había conseguido preparar el cigarro cuando vio las luces de un vehículo que se acercaba a la puerta. Norla tiró el cigarro y preparó involuntariamente su arma.
El vehículo era un coche oficial. Negro, con el águila imperial en la puertas. Se detuvo junto a Norla y se bajó la ventanilla del conductor. La cabeza de un soldado de piel negra, de un regimiento de la guardia imperial seguramente, surgió de la ventanilla.

“Buenas noches” dijo con tono risueño y una amplia sonrisa, “Buenas noches”, respondió el guardia con un tono bastante mas seco. El soldado no cambió de tono “Veras, puede que te parezca una pregunta estúpida pero, ¿Es esto el palacio del gobernador?” “Tienes razón, la pregunta es estúpida de cojones” respondió con bastantes malos modos. “Esa no es forma de hablar” dijo una voz que surgió de los asientos de atrás. El guardia se puso rígido cuando acto seguido se bajó la ventanilla trasera y pudo ver a un hombre enorme, con las insignias de coronel sentado cómodamente detrás.

“¡Per... perdone señor... no sabía que hubiera nadie... si... si hubiera sabido que usted...!” “Ya basta de tartamudear.” interrumpió Sullust “Odio a los que tartamudean. ¿No le parece que debió deducir que en un coche oficial, suele ir un oficial?”. Norla se quedó mirando sin saber que decir un par de segundos “Le ruego me disculpe señor”. “Bien, disculpas aceptadas, pero para que no se olvide de esto, túmbese en el suelo y realice veinte flexiones” “¿Qué?” “¡Al suelo!” repitió Sullust con tono severo.

Pasados un par de minutos, el vehículo de Sullust se alejaba de la entrada de la estación. Siguió alejándose un minuto y paró en una esquina. El coronel de Nokad, cogió el comunicador que le pasó Nikol desde el asiento del conductor. “Estamos dentro”. Dijo una voz desde el otro lado de la línea.

El edificio de la estación de comunicaciones llevaba mucho tiempo pidiendo una reforma. Durante trescientos años fue la fuente principal de comunicación interestelar del planeta y la sede oficial del Adeptus Astra Telepática. Ahora era poco mas que un recuerdo de su gloria pasada. En un par de meses sería demolido, ya que la sede había sido trasladada a unas instalaciones mas modernas al otro lado de la ciudad. Solo había unos pocos guardias vigilando, principalmente para evitar cualquier saqueo.

Pero aún estaba operativa.

Kruger y Drack se adentraron en el edificio a través de la puerta principal, vestidos completamente de negro. La discreción era su mejor arma. Mientras el comisario trasteaba con la cerradura magnética, el coronel se quedó mirando al soldado de la puerta, a unos doscientos metros, parecía que estaba intentando recuperar algo de dignidad, liándose un pitillo otra vez..

Parecía increíble que hubieran pasado tan cerca de él y no los hubiera visto. Claro, que mientras hacía flexiones difícilmente podía detectar a alguien. Ese Sullust era un tipo realmente peculiar.

La puerta se abrió silenciosamente mientras los dos intrusos la empujaban con cuidado. Siguiendo un viejo plano de su placa de datos Kruger y Sullust avanzaron hacia la antigua Sala de Lectura, una enorme estancia cruzada por hileras de antiguos computadores. Allí era donde se decodificaban las transmisiones vía Astrópata. También se descifraban los cristales psíquicos.
“Esperemos que funcione” pensó en voz alta el coronel, mientras lo introducía en la decodificadora. El mecanismo era rudimentario, pero podía funcionar. Llevaban consigo una unidad energética portátil, parecida a las utilizadas en los cañones láser. Eso evitaría tener que conectar la corriente y atraer atenciones no deseadas.

La terminal emitió un suave pitido mientras leía el contenido del cristal. Después de medio minuto, la pantalla se iluminó con brillantes letras verdes.

“Saludos” dijo una voz. Kruger y Drack se sobresaltaron y desenfundaron sus armas instintivamente. Hasta que se dieron cuenta de que la voz provenía de la terminal, “Es la voz de Perthal” dijo el comisario.

“Mi nombre es Neila Perthal” prosiguió “Soy coronel de las Fuerzas de Defensa Planetaria aquí, en Zolak IV. Si pueden oír esto significa que estoy muerto y que el cristal que contiene mi último testimonio ha pasado a otras manos. Manos imperiales espero. El motivo de esta grabación es demostrar la culpabilidad de Soica.”

Mientras hablaba, en la pantalla empezaron a aparecer registros de transmisiones astropáticas que la voz iba explicando. “Esto que ven, es el registro de un flujo psíquico en estado puro, el último contacto del que tuvimos constancia fue al poco de partir la flota imperial. El objetivo de este flujo fue la fragata Inmolación que como saben fue destruida al llegar la amenaza alienígena al sistema. Por lo que sabemos, la misión de esta señal fue inutilizar a los Astrópatas de a bordo.”

Al oír esto Kruger y Drack se miraron. “¿Qué sentido tiene hacer eso cuando tu única esperanza es pedir refuerzos?” exclamó el coronel. Antes de que Drack pudiera contestar, la voz de Perthal continuó hablando. “Supongo que se preguntarán que sentido tiene eliminar las comunicaciones cuando la única esperanza es pedir refuerzos.” el comisario esbozó una sonrisa. Mientras, en la pantalla aparecía un diagrama de las transmisiones astropáticas de los últimos treinta años. Había un flujo regular de actividad psíquica hacia el exterior del sistema cada dos años. “Estas transmisiones tenían como objetivo el sector Arcano.” Al oír eso, la mirada de los dos oficiales se tornó sombría. Algo en la cabeza de Kruger empezaba a darse cuanta de lo que había hecho Soica.

“Después, como pueden apreciar en la pantalla, llegaba una respuesta. Una respuesta de actividad Psíquica no humana.”

“¡Dios Emperador!” exclamó Drack “¡Esa escoria ha hecho tratos con xenos!”

“Muy listo comisario” los dos Vengativos se dieron la vuelta sobresaltados. Allí se encontraba Soica, rodeado por docenas de soldados de las FDP.

Undécima parte: Ajuste de cuentas


“Me temo que he de pedirles que tiren sus armas caballeros” dijo Soica con tranquilidad. Kruger y Drack obedecieron a regañadientes, sobre todo Drack.

“Como dije antes, tienen razón, supongo que traje algún que otro recuerdo de mis guerras contra los Orkos”.

Kruger no sabía si Soica iba a matarles en ese momento o más adelante, solo sabía que debía ganar tiempo. “Si no le importa, gobernador, me gustaría saber cómo un humano puede siquiera pensar en hacer tratos con los Orkos, ¿Acaso piensa que cuando tengan a todo el planeta esclavizado van simplemente a dejárselo y marcharse?”

“Esa es una buena pregunta” sonrió Soica “Así que supongo que merecen una contestación. Después de mis victorias en el sector Arcano, estábamos a punto de abandonar el sistema Midiam, cuando apareció otra flota orka, era tan enorme que no pudimos aguantarlos mucho tiempo. A las pocas horas, Midiam estaba otra vez bajo dominio Orko.” Mientras hablaba, cuatro soldados de Soica empezaron a rodearon a los dos oficiales.

“Pasamos algún meses esclavizados, hasta que con el tiempo me gané su confianza, convirtiéndome en capataz del esclavista que controlaba a nuestro grupo en la producción de armamento. Al final, por un cúmulo de casualidades, acabé frente al Kaudillo, éste estaba buscando a la mayor autoridad humana con vida del planeta, y me llevaron a su presencia. El Orko se llamaba Smorbol y decía provenir del Sector Gólgotha, después de la presentación, fue directo al grano, y me hizo una oferta que no pude rechazar.”

“¿Cómo pudo negociar con semejante escoria?” volvió a preguntar Kruger, cada vez más asqueado. “No fue difícil, los Orkos no son muy listos, pero son directos a la hora de negociar. Él me ofreció retirarse el sistema. Dándome a mi todo el mérito de la expulsión alienígena. A cambio yo debía jurarle lealtad. Si cumplía el trato. Recibiría la d



Este artículo proviene de Club La Guarida Del Lobo
http://www.laguaridadellobo.com

La dirección de esta noticia es:
http://www.laguaridadellobo.com/modules.php?name=Sections&op=viewarticle&artid=34